Manuel Felipe Sierra
LA PENA
DE GRUBER
Dentro de la turbulencia que supone el proceso constituyente y el carácter originario de la Asamblea Nacional, es natural que afloren las más disímiles propuestas, algunas sensatas y pertinentes; y otras descabelladas o simplemente delirantes. Desde hace unas semanas el gobernador del Distrito Federal, contralmirante Hernán Gruber Odremán, viene planteando la consagración de la pena de muerte para delitos extremos en el nuevo texto constitucional. En un principio pareció una idea lanzada al voleo. Pero no es así. En reiteradas declaraciones Gruber trata de darle consistencia argumental a su planteamiento. Para muchos venezolanos seguramente la pena de muerte puede funcionar como una respuesta a los crecientes niveles delictivos que se registran en el país. Pero que esa idea pueda ser tomada en serio por la máxima autoridad de la capital de la República es sumamente grave. Y tratándose de Gruber, uno de los jefes de las rebeliones del 92 más ponderado y equilibrado, el asombro es mayor. Gruber, de comprobada formación cristiana y con inclinaciones por la poesía, con toda seguridad reacciona de este modo ante la impotencia por el auge delictivo. El gobernador vive el desencanto del poder. Desde la oposición, y si se trata de una oposición que veía todo en blanco y negro como la que fue construyendo durante años la victoria de Chávez, era fácil hacer juicios tajantes sobre la ineficiencia de los gobernantes. Desde " las arenas de la lucha" como decía Caldera en sus tiempos de mozo, es fácil diseñar soluciones mágicas y dar rienda suelta a la imaginación. Pero una vez en el poder, la realidad establece límites y fronteras. Se comprueba que no siempre la solución de los problemas depende de los gobernantes sino que muchos de ellos, como la violencia delictiva, tienen orígenes y explicaciones más allá de las mejores intenciones. En el tema de la pena de muerte ha terciado el presidente Chávez con una frase cristiana: "solamente Dios nos da o nos quita la vida". Amén.
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