jueves, 20 de abril de 2017

25 años después


                                   FUJIMORI  ESTA FELIZ     
 

El 6 de abril de 1992 se produjo el llamado “fujimorazo” que consistió en la toma del Congreso Nacional de Perú por el presidente Alberto Fujimori quien alegó que la mayoría opositora que ejercía su control “no lo dejaba gobernar”. El Parlamento había iniciado investigaciones contra el mandatario por denuncias de corrupción y la creación de “escuadrones de la muerte” para enfrentar a grupos subversivos en especial “Sendero Luminoso”. Mientras Fujimori en un discurso anunciaba la medida, tropas del Ejército, la Marina y las Fuerzas Aéreas llegaron al Palacio Legislativo para su ocupación, la cual se  extendió contra varias organizaciones sindicales.
La mayoría parlamentaria resistió la agresión en secreto y luego en sesiones en la sede del Colegio de Abogados de Lima como respuesta aprobaron la vacante presidencial que sería llenada por el vicepresidente  Máximo San Román. El nuevo gobernante asumió el 21 de abril haciendo un llamado a las Fuerzas Armadas  para deponer a Fujimori y respetar así la constitucionalidad.
Pese a la débil resistencia de los parlamentarios, el Congreso fue disuelto y se convocó a elecciones para un Congreso Constituyente en el cual el “fujimorismo” obtuvo la mayoría lo que le permitió aprobar la Constitución de 1993 facilitando al gobernante postularse en la re elección en el año 2000. Fujimori gobernó varios años con el apoyo militar, con la promesa de acabar con la subversión y aplicando políticas económicas de corte neoliberal. La comunidad internacional tuvo una leve respuesta ante el hecho consumado, mientras el gobierno de Carlos Andrés Pérez en Venezuela rompía relaciones diplomáticas por lo que consideró  un “flagrante atentado a la voluntad popular”. 

El final del mandato “fujimorista” se conoce ampliamente, así como su posterior extradición, detención y condena a 25 años por crímenes de lesahumanidad dictada  el 7 de abril del 2009. El jueves 7 de abril de 2017, en el 25 aniversario de su “golpe constitucional” desde la cárcel el prisionero declaró a través de la red social Twitter: “Para hacer tortillas hay que romper huevos. Alguien tenía que hacerlo. Desde la cárcel les digo: ¡Valió la pena!”. 


lunes, 3 de abril de 2017

LOS AÑOS DE “GABO”


En 1967 se convoca en Caracas el primer Concurso Internacional de Novela “Rómulo Gallegos” que gana Mario Vargas Llosa con la “Casa Verde”. EL llamado “boom latinoamericano” desataba una verdadera conmoción en la literatura continental. La mayoría de sus miembros acompañaron al joven escritor peruano a recibir el galardón de manos del propio Gallegos. Entre ellos se encontraba Gabriel García Márquez que si bien había escrito cuentos y las novelas “La Hojarasca” y “El coronel no tiene quien le escriba”, no alcanzaba la celebridad de algunos de sus compañeros de viaje. 
García Márquez se reencontró entonces con algunos amigos de sus años como periodista de las revistas caraqueñas “Momento” y “Venezuela Gráfica” y comentó la próxima salida de su más reciente obra. En esos días Vargas Llosa publicaba el ensayo “Historia de un deicidio” que constituye en verdad el lanzamiento  de la novela que habría de consagrar al escritor colombiano; y el periodista venezolano Armando Durán lo entrevistaba para la “Revista Nacional de Cultura” bajo la dirección de Simón Alberto Consalvi. A los meses, luego de los contratiempos editoriales propios de los grandes libros, aparece “Cien años de Soledad” y  la crítica y el público reciben un texto que modifica la novelística de habla hispana  con repercusiones en el resto del mundo.
“Gabo” como le llamaban sus amigos, con su “camisa barranquillera” (“trapo loco” le decían sus compañeros de trabajo en la prensa bogotana), se convierte en una figura fundamental de las nuevas promociones literarias. Casualmente gana el siguiente concurso “Rómulo Gallegos” y  regresa a Caracas con la aureola de un escritor ya consagrado. Al ganar el Premio Nobel de Literatura en 1982 la novela había vendido cerca de 30 millones de copias y traducida a 35 idiomas.    

El periodista y escritor mantuvo siempre una estrecha relación con Venezuela y solía comentar que donde estuviera “se despertaba en busca de la mañana del Ávila”. García Márquez murió en México el 14 de abril de 2014; mientras “Cien años de soledad” sigue reinando en el interés de los lectores más exigentes del planeta.

ANÁLISIS

LA CRISIS Y EL DESENLACE


El debate en el Consejo Permanente de la OEA; la decisión del TSJ que asume funciones de la Asamblea Nacional y la opinión de la Fiscal General Luisa Ortega Díaz que la considera  inconstitucional; así como las exhortaciones y protestas de gobiernos e instituciones internacionales, han complicado en los últimos días el enfrentamiento de poderes que vive el país entre el Ejecutivo TSJ  y la AN. Una situación que era absolutamente predecible cuando la oposición conquistó la mayoría representada en la Asamblea Nacional en las elecciones del 6 de diciembre de 2015, para convivir con un régimen con clara tendencia autoritaria.
Si bien hasta ahora la situación se mantuvo en el plano de los conflictos políticos tradicionales,  en los últimos días ello se ha tornado en un tema relevante en la opinión internacional, con repercusiones que necesariamente se harán sentir en la conducta futura de Miraflores. El gobierno no midió la trascendencia de la última convocatoria de la OEA y la nueva correlación de votos a favor de avanzar en la aplicación de la Carta Interamericana Democrática. ¿Era posible contrarrestar una corriente crítica que cobraba fuerza en instancias fundamentales como la ONU, OEA, UE y gobiernos como Estados Unidos y la casi totalidad de los países latinoamericanos, ignorándola simplemente?
Es cierto que en las reuniones del año pasado y  la más reciente del lunes 27 de marzo las gestiones del secretario general Luis Almagro no lograron el objetivo de aprobar la aplicación de la CID, pero la reacción desencadenada luego de la controvertida decisión del TSJ contra la AN ha producido un efecto mayor de la que se esperaba de haber sido activado el instrumento. Mas allá de las decisiones que puedan tomarse ahora el hecho cierto es que ya el gobierno venezolano es percibido (no sólo en América Latina sino en el mundo entero) como contrario a la vigencia y preservación de los valores fundamentales de la democracia.
Si en algún momento en el marco de la “Guerra Fría” era posible eludir gestiones y presiones internacionales apelando a legítimos sentimientos nacionalistas y patrióticos como en el caso de Cuba en los años 60, es evidente que en las circunstancias actuales ello ha cambiado de manera radical. Al margen de decisiones que se consideren soberanas e inscritas en realidades nacionales el hecho cierto es que la opinión internacional resulta en muchos casos decisiva para salidas y desenlaces.
RAZONES POLÍTICAS

Más que razones jurídicas, que en la geopolítica cuentan poco, en tiempos de globalización y emergencia creciente de las redes sociales, es la opinión pública la que logra definir decisiones favorables o desfavorables para los gobiernos. Lo ocurrido con la “Primavera Árabe” desde 2011 es más que elocuente. Gobiernos con fuerte apoyo militar y electoral, relegitimados por el voto unos y resguardados por la fortaleza bélica otros, cedieron ante el peso de oleadas de masas estimuladas por campañas informativas y las respuestas que ellas tuvieron en instancias fundamentales del poder mundial. El caso de Libia es más que aleccionador, sin mencionar la tragedia que todavía hoy vive el pueblo sirio convertido en el centro de una devastadora guerra.
El desenlace en la mayoría de los casos no supuso los cambios que originaron las protestas y las acciones de calle y en algunos sirvieron más bien, para ahondar  crisis económicas y sociales; pero todas ellas surgieron de decisiones desacertadas, de abusos de poder, de provocaciones o de violaciones ostensibles de las normas constitucionales y los derechos humanos.
La situación venezolana aun no es asimilable a lo ocurrido en esos países, pero el curso que llevan los hechos y la negativa a valorar la magnitud y alcances de lo que ocurre, así como la necesidad de correctivos y medidas que resultan inevitables incluso más allá de sus costos, podrían acercarse o establecer a la larga un paralelo con lo ocurrido en otros continentes, con impredecibles consecuencias.
Cuando los partidos opositores ocuparon la mayoría del poder legislativo en 2015 era obvio que se dibujaba un enfrentamiento con el poder ejecutivo, como consecuencia de dos visiones del manejo del Estado en función ideológica, y que obedecen a dos formas distintas de entender la gobernabilidad. Ello, lógicamente, imponía tanto al gobierno como a la oposición la necesidad de abrir un proceso de diálogo en busca de un entendimiento en la materia, sin necesidad de adjurar de principios ni posiciones ideológicas era perfectamente posible encontrar un espacio mínimo de aproximación y coincidencia, como ha ocurrido en escenarios marcados por mayores antagonismos.
Como se dijo en el seno de la OEA y como lo sugiere la más elemental comprensión de la política, el único camino posible es el diálogo en busca de acuerdos que trasciendan los intereses de los factores en pugna y que sea capaz de estimular la participación de sectores cada vez mayores de la sociedad. La polarización venezolana en cambio en la medida que se radicaliza se separa peligrosamente del llamado “país nacional”. Las cúpulas políticas parecen privilegiar sus objetivos inmediatos y no entender que Venezuela vive una situación excepcionalmente grave. Siempre se trata por supuesto de encontrar espacios para una mejor gobernabilidad, pero también de abordar ahora una verdadera catástrofe que por encima de sus orígenes obliga a políticas especiales que requieren de un acuerdo nacional. Después de 15 meses del cambio que necesariamente implicaba la nueva conformación de la Asamblea Nacional y ante el fracaso de un intento de diálogo que no consultó los temas sustantivos que interesan a los venezolanos, era inevitable que se llegara a la situación actual que ha despertado más que el interés, la preocupación de la opinión internacional. De agravarse el enfrentamiento que hoy se vive no habría  garantías de que eventuales salidas estén en manos de las fuerzas que pugnan por preservar el poder a toda costa o de aquellas que asumen el cambio y la alternancia como un simple juego en las democracias tradicionales. De estrategias aceptadas del gobierno y la oposición depende el futuro de la democracia entendida en todas sus expresiones pero también la vida de la inmensa mayoría de los venezolanos sometida a severas y ya demasiadas largas privaciones y sacrificios.


viernes, 17 de marzo de 2017

Análisis


MADURO: ¿EL CAMINO DEL AISLAMIENTO INTERNACIONAL?

Por primera vez en 19 años las relaciones de Venezuela con los Estados Unidos pasan de los escarceos verbales entre los presidentes y el retiro de funcionarios diplomáticos a una fase que podría implicar en los próximos meses la aplicación de medidas de mayor  envergadura. Incluso, algunos observadores comienzan a hablar del riesgo cierto de que el gobierno de Nicolás Maduro sea objeto de una suerte de aislamiento internacional.
Varias razones contribuyen a crear más que una sensación la casi convicción de que las relaciones entre ambos países y otras naciones del continente pasarían a una nueva fase. ¿Cuáles serian los nuevos elementos para el  endurecimiento de las vinculaciones entre ambas naciones?
Sin duda, la elección de Donald Trump abrió la posibilidad para un replanteamiento de las relaciones entre los dos países. Hay que recordar que el proceso chavista que comenzó en 1998 fijó una línea de distanciamiento con la estrategia norteamericana. Su definición antiimperialista se correspondía con la promesa electoral de desarrollar una estrategia asociada al esquema de la diplomacia multipolar, pese a que el mandatario en su primera visita al Norte agitó las campanas de Wall Street y cantó emocionado “New York, New York” de Frank Sinatra.
El rumbo adoptado por el gobierno venezolano a partir de los acontecimientos de abril del 2002 acentuó la separación entre los dos países. Hubo expulsión de funcionarios y finalmente el retiro mutuo de embajadores, lo cual era comprensible en el choque entre dos visiones del escenario internacional.
La elección de Barack Obama, demócrata y con un perfil académico más que militar, pronosticaba una etapa de posible mejoramiento de las relaciones diplomáticas y la vuelta a una estrategia de entendimiento. No obstante, su gobierno  mantuvo el tono de las relaciones durante Bush e incluso avanzó en su rechazo al gobierno venezolano ya no en el plano retórico sino mediante políticas puntuales contra funcionarios venezolanos e incluso promulgó y ratificó en dos oportunidades el llamado “Decreto Obama” que considera a Venezuela como una “amenaza para la seguridad estadounidense”.
El reciente ascenso de Donald Trump pronosticaba la profundización de las diferencias que habían caracterizado en casi dos décadas el intercambio diplomático y comercial. Era lógico, ya que Trump realizó su campaña con un mensaje populista con acento chovinista y anunciando medidas contra los emigrantes en su mayoría latinoamericanos.  En los últimos días ha retomado aspectos de los anteriores discursos de Bush y Obama pero por supuesto que en su caso, dada su personalidad y su pensamiento en materia internacional, las amenazas cobran mayor fuerza y se suman a un planteamiento al menos teóricamente agresivo y guerrerista.

PERDIDA DE ALIADOS

Pero el dato que ha significado el virtual aislamiento del gobierno de Maduro ha sido la consecuencia de los cambios ocurridos en los últimos meses en gobiernos que compartían algunos ángulos de la diplomacia chavista. La victoria de Mauricio Macri en Argentina, pese a haberla obtenido con la votación decisiva de un segmento del peronismo, dio paso a un política distinta, de mayor aproximación a los Estados Unidos y con la aplicación de medidas neo-liberales. Habría que advertir que los gobiernos de la pareja Kirchner mantuvieron una estrecha relación en materia de asuntos exteriores pero que no podrían asimilarse al proceso que ocurre en Venezuela. La vinculación fue de carácter político en iniciativas internacionales pero el régimen argentino nunca asumió (de hecho no fue miembro del ALBA) la doctrina bolivariana y se manejó en el marco de la democracia representativa.
La destitución de Dilma Rousseff en Brasil tuvo un efecto similar a lo ocurrido en Argentina. Rousseff como Lula Da Silva pertenecen al “Partido de los Trabajadores” con una visión progresista del proceso latinoamericano pero que sería exagerado incorporarlo como un factor del “Socialismo del siglo XXI”. Lo cierto es que a lo largo de los años se consolidó una alianza comercial que resultó favorable para ambos países y que ahora con el presidente Michel Temer (que por cierto fue el Vicepresidente electo junto a Rousseff en el 2014) las cosas han cambiado como en Argentina.
En ambos casos, el nuevo esquema afecta la relación económica con Venezuela ya que se trata de los dos países más fuertes de Suramérica y que le daban un piso de solidaridad  a las políticas de Hugo Chávez y Nicolás Maduro. Luego la elección de Pedro Pablo Kuczynski en Perú implica la pérdida de alguna manera de otro aliado del chavismo. Si bien la elección de Ollanta Humala en el 2011 fue vista como un aliado de Chávez, su gestión demostró todo lo contrario, ya que no formó parte del ALBA ni su gobierno pudo considerarse como una pieza del nuevo socialismo inventado en Venezuela. Sin embargo durante su gestión mantuvo una actitud neutral sobre el caso venezolano mientras que ahora Kuczynski, ex Funcionario del “Banco de Boston” y promotor del “Consenso de Washington” en los años 80 mantiene una actitud de oposición al gobierno de Caracas y cultiva relaciones muy estrechas con el presidente Trump y con factores de la economía norteamericana que han expresado la necesidad de aplicar la “Carta Democrática Interamericana” a Venezuela.  
Por otra parte, lo que ocurra en la segunda vuelta del 2 de abril en Ecuador si tendría una repercusión mayor. Si el candidato opositor Guillermo Lasso logra derrotar a Lenin Moreno, candidato sucesor de Rafael Correa  ello implicaría entre otras cosas la separación del ALBA y la adopción de algunas políticas diferente a las instrumentadas por Correa en el marco de su “Revolución Ciudadana” pero que tampoco podrían asimilarse íntegramente con lo que ocurre en Venezuela.
Una situación que sin duda facilitaría la aplicación de la “Carta Democrática Interamericana”, lo cual intento el año pasado el secretario general de la OEA Luis Almagro. Ello no sólo implicaría una derrota democrática aunque el instrumento no es vinculante, pero abriría paso a otras gestiones de mayor alcance que han sido asomadas ya por el presidente Trump. ¿Se acerca Maduro al clásico aislamiento que caracterizó durante décadas el proceso revolucionario de Fidel Castro?, ¿Es posible detener la tendencia?