sábado, 10 de septiembre de 2011

BATISTA COMUNISTA

Fabula Cotidiana
BATISTA COMUNISTA
21/09/2010
Manuel Felipe Sierra


En las elecciones del 26 de septiembre del 2010 se escogerán los nuevos miembros de la Asamblea Nacional. En este caso el voto tendrá una implicación adicional: su totalización servirá para rechazar o avalar el proyecto castro-comunista de Chávez. Si la votación resulta desfavorable al régimen debería interpretarse como una victoria de la voluntad democrática; y si le resultase favorable se asumiría como un nuevo apoyo al socialismo del siglo XXI.

Si bien la consulta parlamentaria no tiene el carácter de una batalla final ni tampoco en ella está en juego el poder, se trata de un episodio cuyo desenlace tendrá efectos en eventos posteriores; y que abrirá nuevos espacios al conflicto entre democracia y la propuesta  chavista de signo totalitario.


El cardenal Jorge Urosa Savino y luego la Conferencia Episcopal advirtieron que Chávez trata de imponer el comunismo. María Corina Machado centra su campaña como aspirante a la AN en la necesidad de detener la ofensiva comunista y lo mismo ha hecho el “Frente contra la entrega de la Soberanía al Castro-comunismo”,  integrado por personalidades civiles y militares.

Chávez ha reaccionado tardíamente negando la naturaleza comunista de su proyecto aunque exalta su identificación con la experiencia cubana, como si se tratara de dos cosas distintas. Por supuesto, que los procesos históricos no tienen nada que ver con las copias fotostáticas y cada uno de ellos tiene diferencias y matices específicos con relación al otro pero mantienen en lo esencial los valores que permiten su verdadera naturaleza. La reacción de Chávez se explica porque el “comunismo” sigue siendo (pese a haber cesado la Guerra Fría y desparecido la URSS) una mala palabra en el diccionario político, un producto indigerible como oferta electoral además de una propuesta de desarrollo definitivamente inviable. De allí que la implantación del modelo  haya sido siempre producto de actos de fuerza, de revoluciones o golpes de estado. Los bolcheviques en 1917 derrocaron al zarismo en Rusia e iniciaron la construcción de un modelo que si bien inspirado en las recetas marxistas enfrentaba la contradicción de construir al comunismo con ejércitos de campesinos famélicos y no con vigorosos contingentes proletarios, como sostenía el viejo Marx. Ya se sabe las complicaciones que este proceso debió atravesar bajo la tutela de Lenin como la implantación de la nueva política económica (NEP),  las divergencias insalvables con las tendencias trotskistas y las sangrientas purgas ordenadas por Stalin en busca de razonables niveles de productividad.


La revolución china acaudillada por Mao Tse Tung fue una rebelión campesina que asumió luego la definición comunista mediante la revisión de importantes dogmas marxistas hasta el punto que ello permitió 30 años después su reconversión a un furioso capitalismo. El Bloque Soviético se configuró con naciones ganadas en el reparto de la Segunda Guerra Mundial y, sin embargo, en su seno se registraron sangrientas rebeliones como las de Hungría y Checoslovaquia; existieron crónicos desencuentros con la Yugoslavia de Tito e incluso con la Rumanía de Ceaucescu, con el poder central del Kremlin. En ningún país del mundo el comunismo pudo acceder al poder mediante el sufragio.   No es cierto que el Frente Popular que llevó a Salvador Allende a la presidencia de Chile en 1971 ofreciera el “paraíso comunista”. Se trataba entonces de un frente de varios partidos que proponía cambios sustantivos en el marco de las reglas del juego democrático.

Habría que tomar en cuenta que en todos estos casos tenía vigencia el esquema bipolar en el escenario geopolítico que le daba a la URSS la condición de contrapeso de Estados Unidos y la OTAN y cuando en cuando en los países comunistas muchos encontraban respuestas a temas como la salud, la educación, la investigación científica, el deporte y algunas expresiones culturales. La URSS, jugaba además a una estrategia internacional de apoyo a las naciones que en otros continentes luchaban por su liberación frente a los imperios colonialistas.

Fidel Castro siempre negó sus convicciones comunistas y subrayó sus discrepancias con el Partido Popular Socialista que agrupaba la militancia comunista, organización que por cierto se opuso al asalto al Cuartel Moncada, la invasión del “Gramma” y las acciones urbanas de las organizaciones que luchaban contra la dictadura de Batista. Fue sólo en 1961, después de derrotar la invasión de Bahía de Cochinos y de comprar a la URSS una póliza de sobrevivencia militar que renovó durante cuatro décadas cuando Cuba se declaró país comunista.

Era tanto el daño que entonces hacía y que ahora con mayor razón debe hacer el calificativo de comunista que estando Castro en México en los preparativos de la invasión revolucionaria el gobierno de Batista solicitó a las autoridades mexicanas una investigación sobre las actividades conspirativas de Castro y lo vinculaba con el comunismo internacional.  Castro escribió un artículo en la revista “Bohemia” de La Habana (publicado en plena dictadura) donde negaba cualquier vinculación con organizaciones comunistas y emplazaba al dictador: “¿Qué autoridad moral tiene, en cambio, el señor Batista para hablar de comunismo, si fue candidato presidencial del Partido Comunista en las elecciones de 1940, si sus pasquines electorales se cobijaron bajo la hoz y el martillo, si por ahí andan sus fotos junto a Blas Roca (en aquel entonces secretario general del Partido Comunista) y Lázaro Peña, si media docena de sus actuales ministros y colaboradores de confianza fueron miembros destacados del Partido Comunista?”.

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