domingo, 11 de septiembre de 2011

BELLA CARACAS

FÁBULA COTIDIANA
BELLA CARACAS
26/07/2011
MANUEL FELIPE SIERRA

            Los años cincuenta, en el esplendor urbanístico del Nuevo Ideal Nacional un pasodoble servía de credencial musical al visitante que llegaba a la ciudad en tránsito hacia la metrópoli. “Bella Caracas” fue escrita por Jhonny Quiroz y era interpretada por Alfredo Sadel, Héctor Murga y “el Indio Araucano” un cantante chileno con atuendo indígena que castigaba un tambor en “el Show de las doce” de Víctor Saume. Y es que los 44 años de la capital podrían contarse a través de bailes, retretas y ritmos en boga. El proyecto fue acometido con éxito por Eleazar López Contreras, en el libro “Estampas musicales de Caracas” una edición limitada pero que dentro de unos días estará en manos del público. Desde hace varios años, en diversas publicaciones, López escribe columnas sobre costumbres, anécdotas, y episodios de la vida caraqueña. El cronista es además compositor y promotor cultural, dirigiendo en los años 60 junto con Aldemaro Romero la prestigiosa e indispensable colección del “Círculo Musical”.


            La historia se remonta desde las operas y zarzuelas del Teatro Caracas, fundado en 1854 hasta los años 80 del siglo XX con la Onda Nueva, ya declinante, y el exitoso repertorio poético de los cantautores urbanos Ilan Chester y Jordano. “De ahí en adelante no puede hablarse de ritmos ni propuestas melódicas asociadas culturalmente a la cuidad” sostiene el autor. En ella sin embargo, se rescata la tradición de la retreta en la Plaza Bolívar de Caracas, que se trasladó como una solmene ceremonia a todas las plazas venezolanas como remate del descanso dominical. La tradicional Banda Marcial de Caracas fue creada en 1864 mediante decreto del Mariscal Juan Crisóstomo Falcón, el caudillo federal gustaba de la música pero más de la poesía, la cual escribía en su refugio de la Península de Paraguaná. Pero era demás aficionado al dominó. Tanto era su interés por éste, que impuso el juego “como un medio de hacer política”. Las retretas se impusieron como se sabe como una forma de popularizar la música nacional y extranjera y como un activo medio de comunicación cultural y social. El cronista W. E. Curtis escribía para Harper's de Nueva York en 1895: “unas viejecitas sirven allí sillas que se pueden alquilar por unos pocos centavos, y muchachos de voz chillona pregonan cervezas, bebidas frías, helados, dulces y otras chucherías durante los intermedios. Aquí en estas buenas noches como se les llama, se congrega en su mayor cantidad la gente de buen tono, los viejos a conversar y los jóvenes a flirtear”.

            Antes de lo que se supone en 1925 la cocaína llegaba a Caracas en la voz de un modisto y transformista español llamado Raymond Debray. Ataviado de mujer interpretaba un atrevido valses que hablaba de traición, despecho y puñaladas. Debray hacia gestos y mimos con su chal en el mejor estilo de las cupletistas de la época y cantaba: “Viva el champagne/ que da el placer/ quiero reír/ quiero beber/ mi juventud ya declina/ dadme a probar la cocaína”. El doctor Luis Razetti quien promovía una cruzada contra el alcohol declaró ante la conmoción provocada por el visitante: “eso es una abierta incitación al consumo de drogas, de lo cual este pobre país se ha salvado hasta ahora”; e indignado remataba: “qué clase de ejemplo es ese, para colmo la cancioncita la canta un ave pérdida”.


            Durante muchos años la música popular caraqueña tuvo una expresión costumbrista en los llamados “cañoneros”, pequeños grupos de músicos que tocaban en las casas, amenizaban bautizos, santos, o cualquier parranda. En las reuniones en la Plaza Mayor, con los años, se hicieron famosos el conjunto “Los Criollos” y ya más recientemente “Los antaños del estadio”, que recreaban valses y sobre todo merengues y pasodobles criollos. A partir de 1945 con la demolición del viejo Silencio se produce un notable cambio en la vida de la capital. La radio se ha consolidado, se abren cabarets y salas de fiesta, y llegan al país los artistas más importantes del momento. Y todavía queda la huella de la visita de Carlos Gardel en 1935. Un verdadero acontecimiento popular consagrado en el teatro por José Ignacio Cabrujas, con la obra “el día que me quieras”. Gardel fue recibido de manera apoteósica en Caño Amarillo. Fue a Maracay y complació a Gómez con el tango “pobre gallo bataraz”, siguió a Maracaibo y a los días murió en un trágico accidente aéreo en Medellín. Aquiles Nazoa escribió sobre lo ocurrido en 1935: “fue muy triste el año aquél/ en junio como se sabe/ en un accidente grave/ se mató Carlos Gardel/ más no todo es desengaño/ detrás de un mal siempre hay un bien/ en diciembre de aquél año/ se murió Gómez también”.

           
            Los años 50 convertirían a Venezuela en una capital de espectáculo latinoamericano. López Contreras hace un breve repaso: “los cincuenta comenzaron con el Indio Figueredo, que le abrió las puertas a lo criollo; Los Chavales de España, el novísimo mambo de Pérez Prado, el bigotudo Bienvenido Granda, Pedro Vargas, Daniel Santos, Los Churumbeles de España, Bobby Capó, Luchito Gatica, Olga Guillot, Celia Cruz, La Orquesta Aragón, y pare usted de contar”. 

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