martes, 5 de junio de 2012

Editorial



 UNA FRÁGIL AMISTAD

Álvaro Uribe durante su gobierno fue el principal objetivo de ataque de Hugo Chávez. El gobernante colombiano,  iniciaba una recia ofensiva militar contra la FARC. Para Chávez, en cambio, en su proyecto de exportar la revolución hacia Suramérica era indispensable la aproximación con el grupo guerrillero.

Ya la historia es conocida. Chávez consideró a la FARC como un movimiento revolucionario y no como un brazo armado del narcotráfico hasta el punto que sus vinculaciones con éstas sometieron las relaciones diplomáticas entre los dos países a desencuentros y rupturas. Chávez y Uribe protagonizaron un feroz enfrentamiento. Amenazas de aviones sukhoi sobre Bogotá, homenaje publico a “Tirofijo” y comprobada acogida a los jefes del grupo armado se sucedieron en cadena. La situación tuvo un punto culminante en 2010 con la denuncia formulada por Colombia ante el Consejo Permanente de la OEA que consignaba pruebas y testimonios de la existencia de campos guerrilleros en zonas del país. Juan Manuel Santos (por la imposibilidad de la reelección de Uribe ganaba las elecciones presidenciales), lo cual suponía que las discrepancias existentes serían heredadas por el nuevo mandatario. Era lógico: Santos como ministro de la Defensa  fue el brazo ejecutor de la política “dura” contra la insurrección.

¿Qué ocurrió para que milagrosamente las cosas cambiaran, se congelara la denuncia ante la OEA, se restablecieran relaciones diplomáticas y Chávez honrara una deuda de 900 millones de dólares con los exportadores colombianos? La mano tendida de Santos le permitió a Chávez sortear una grave contingencia ante la comunidad internacional y a Santos le ofreció la posibilidad de diferenciarse de la gestión de Uribe, a la cual se esperaba que le guardara absoluta lealtad.

Santos decidió actuar con tanta discreción que llamó a su homologo un “nuevo amigo” y advirtió al continente que sólo Chávez garantizaba “paz en la región”. La posterior entrega de Walid Makled (hecho que marcó la ruptura entre Santos y Uribe) fue una concesión que colocó al régimen chavista al margen  de la justicia estadounidense en un caso extremadamente delicado. Uribe encontraba a la vez en la nueva relación Santos-Chávez un pretexto para acentuar la línea de oposición a su antiguo colaborador. Así como en su momento Chávez usó a Uribe para ganar puntos internamente, ahora Uribe usa a Chávez como una manera de acentuar la debilidad de Santos frente a un aliado de la guerrilla. ¿Era posible ocultar por mucho tiempo una situación que ciertamente comprobaba el nexo de Caracas con una organización condenada en el escenario internacional? ¿Chávez ciertamente ha roto amarras con la FARC y sus aliados? La semana pasada el atentado del que fuera objeto el ex ministro Fernando Londoño en Bogotá, ha sido interpretado por Uribe como el comienzo de una nueva ola de la subversión guerrillera.  ¿La virtual reaparición de la FARC en plan ofensivo permitirá por cuanto tiempo mas que Santos y Chávez mantengan una amistad sustentada en movedizas conveniencias políticas?


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