Análisis
02/11/2002
LA COSTOSA DIVISION DEL PARTIDO MILITAR
Manuel Felipe Sierra
La novedosa, pero sin duda eficaz protesta de un apreciable grupo de altos oficiales en la Plaza Altamira, no puede verse como un hecho aislado. Esa experiencia de “foquismo democrático” para recordar la teoría foquista guerrillera del Ché Guevara se emparenta con la fracasada insurgencia armada encabezada por Hugo Chávez Frías el 4 de febrero de 1992. Ese día – sin que fuera percibida en su exacta magnitud- el modelo bipartidista sufrió un severo infarto, el impacto de una fractura irrecuperable que se, materializó seis años después, el 6 de diciembre de 1998, con la victoria, legítima y pulcra, de un teniente coronel atosigado de teorías y proyectos extravagantes.
La presencia militar en el debate político se hizo inevitable. La política se militarizó. Si algún reconocimiento merece Chávez es haber entendido que ante el desmantelamiento de la institución partidista, tal y como se le concibió en Venezuela, el estamento armado se convirtió en la referencia más cercana para los sectores populares y en un factor de inevitable gravitación en un proceso de transición hacia un nuevo esquema de convivencia democrática.