sábado, 11 de junio de 2011

AQUELLOS IDOLOS

LA SEMANA EN TRES ACTOS

25/03/2002
Manuel Felipe Sierra

AQUELLOS IDOLOS


El éxito de taquilla más grande del cine venezolano en los últimos años ha sido el documental ”Sadel, aquel cantor”.  Con paciencia, ingenio y una notable tenacidad, su hijo el periodista Alfredo Sánchez Rodríguez, se empeñó en la tarea de rendir un homenaje a quién fuera el cantante más idolatrado por las venezolanas y venezolanos durante décadas.


Sadel (nombre artístico compuesto de Sánchez y Gardel) no sólo fue el cantante más conocido e importante del país, sino un icono del imaginario popular latinoamericano. Su nombre pobló las marquesinas de las principales ciudades del Continente, desde su exitoso debut en el “Chateau Madrid”, en Nueva York a comienzos de los años cincuenta.  En una oportunidad Fidel Castro comentaba en una reunión diplomática que en su vinculación afectiva con Venezuela no podía olvidar las veces que hizo cola en las puertas de la CMQ en La Habana para admirar – rodeado de muchachas enloquecidas - al tenor criollo. Sadel fue figura relevante en la época todavía dorada del cine mexicano,  y por propia voluntad se negó al privilegio de la cinematografía de Hollywood cuando le fueron impuestas condiciones incompatibles con su carácter de caraqueño irreductible.

Tardíamente viajó a Europa e incursionó en el género lírico y representó en la ópera y la zarzuela a los más exigentes personajes de las obras clásicas.  “Sadel, aquel cantor” mediante testimonios de sus amigos y compañeros de trabajo en programas radiales y televisivos, en presentaciones en los más fastuosos cabarets de México, La Habana, Nueva York y luego en su pasantía por los teatros europeos, reconstruye la infatigable vida de este venezolano excepcional.

El ídolo no fue ajeno a sus compromisos con el país.  En plena dictadura perezjimenista, cuando su nombre era uno de nuestros principales valores de exportación, supo expresar su solidaridad y apoyó a quienes luchaban por la instauración de la democracia.  En sus plenas facultades, a los cincuenta y nueve años, en 1989 murió víctima de un cáncer fulminante.  Poco días antes en un memorable concierto en el Teresa Carreño había tenido su último contacto con un público que lo colocó en el santuario de sus referencias míticas.

Casualmente, por estos mismos días ha regresado a los noticieros cinematográficos la imagen y la voz de Renny Ottolina (Renaldo Ottolina Pinto, en su niñez valenciana), mediante el refrescamiento de sus mensajes orientados a elevar la cultura cívica de los venezolanos.  Ya antes,  Renny se había convertido en el “hombre – televisión”.  Nadie como él logró una simbiosis más perfecta con un medio que se iniciaba en Venezuela (comienzo de los años cincuenta) y que ha resultado con el tiempo una caja de milagrosas sorpresas tecnológicas.

Renny perfiló una personalidad irrepetible.  Disciplinado en su trabajo, exigente hasta el sacrificio consigo mismo, ávido de asumir e internalizar las complejidades del nuevo e insospechado descubrimiento, recorrió el mundo.  Trajo a la televisión venezolana las innovaciones y los cambios, que la hicieron en su momento junto con la cubana, las más modernas y creativas de América Latina.  Pasados los años, Ottolina sigue siendo considerado, en el juicio certero del público en relación  a sus figuras preferidas, como el “número uno de la tv”. 

Las circunstancias lo llevaron a desdoblar su actuación ante la pantalla en la vida real.  Su prestigio y su popularidad hicieron que en torno a su nombre convergiera un novedoso fenómeno de apoyo directo de las clases medias (lo que ahora se suele denominar sociedad civil), en busca de opciones distintas a un modelo político ya con signos de cansancio.

En esos menesteres, Renny pereció en 1978 en un accidente aéreo a escasos minutos de despegar del aeropuerto de Maiquetía hacia Margarita donde habría de establecer un diálogo con empresarios y ciudadanos – que como en otros lugares del país - veían en él una posibilidad de reactivar el juego político más allá de las limitaciones excluyentes de los partidos.

El reciente regreso de Sadel y Renny a las pantallas cinematográficas ha resultado una sorpresa.  No sólo las y los eternos fans de los dos ídolos han colmado las salas.  También lo han hecho en una cantidad impensable las nuevas generaciones.  Esos jóvenes y esas jóvenes desconcertados y confundidos por un pesado clima de incertidumbre, que a lo mejor encuentran en las vidas y los recuerdos de ambos venezolanos, una ventana para la esperanza.          


LA TAREA DIFÍCIL

La reactivación económica no se logra mediante el simple estímulo del Estado.  Ya está más que demostrado que unos indicadores macroeconómicos satisfactorios no significan, necesariamente, el crecimiento sostenido y sano de la economía real.  La lección de los planes de ajustes aplicados en los años ’80 y ’90 por el FMI y el Banco Interamericano de Desarrollo son ejemplos demasiados elocuentes.  Los altos precios petroleros y la caída de la inflación durante los dos últimos años no implicaron, sin embargo, la revigorización de la economía venezolana que sigue sumida en la recesión y que registra altos niveles de desempleo y subempleo.  Un reciente estudio realizado por la Escuela de Sociología de la UCV con el auspicio de la Corporación Andina de Fomento arrojó datos significativos. 

El análisis revela que en 1996 el país se ubicaba en el puesto 42 como nación productiva y que ahora ocupa el número 62.  Entre 53 y 58% de la masa laboral se dedica a la actividad informal y si se le suma 15% de desocupación, la estimación establece que el 70% de la población laboral activa vive en condiciones más que precarias.  El 30% restante se ubica en el sector formal pero la mayoría labora en la pequeña y mediana industria.  Otro aspecto, con incidencia directa en la productividad establece que el 55% del recurso humano venezolano tiene una instrucción por debajo del sexto grado de primaria y que el 75% no llega al quinto año de bachillerato.  Es el drama de Venezuela: un país potencialmente rico pero que vive en condiciones de creciente pobreza.     


LOS RADICALES

Para los sectores radicalizados de la oposición el problema del país se reduce a la salida de Chávez.  Para los sectores radicales del chavismo sin el actual mandatario no sería posible la profundización de un proceso de cambios.  Ambos planteamientos son erróneos.  Es verdad que Chávez personifica un gobierno autoritario y arbitrario y que su carisma unida a las circunstancias de no tener contendores todavía en el escenario político y social lo convierten en un factor definitorio, en una referencia ineludible para comprender e interpretar los asuntos del país.

Pero al lado de la personalidad avasallante de Chávez – como explicación del fracaso de su gobierno – habría que señalar también la ineficiencia y la docilidad de los poderes públicos.  Se sabe que la AN, La Fiscalía General, La Contraloría General, La Defensoría del Pueblo, el Tribunal Supremo de Justicia y el tristemente célebre Consejo Nacional Electoral son organismos manejados a control remoto desde Miraflores.

Pero como todo en la vida existen niveles de lealtad.  Un funcionario de alto rango, aunque comparta ideología y políticas con el jefe del poder Ejecutivo debería mantener el mínimo margen de autonomía e independencia que impone la dignidad humana.  Ello no está ocurriendo en el país.  Hasta ahora ninguno de los excesos del mandatario (y al final su gobierno es una sumatoria de violaciones a las leyes y de irrespeto a los ciudadanos) han merecido ni el más tibio reparo de estas instituciones.  Chávez es culpable, ciertamente, pero también lo son quienes con los recursos necesarios en la mano han sido incapaces de demostrar que la controversia y el debate son componentes decisivos de la democracia. 

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