QUINTO DIA
Cuenta Regresiva (7 al 14 de noviembre 1997)
EN MARGARITA LA VIDA ES MAS SABROSA
En un aparte de la Cumbre Iberoamericana del año pasado en Viña del Mar algunos mandatarios (esas reuniones ocupan mayor tiempo en los escarceos informales y en la negociación bilateral que en las sesiones formales, en buena medida, concebida para el consumo de los paparaziz serios) se sentían estomacalmente abrumados por los excelente mariscos del Pacífico y generosos sorbos de vino blanco.
La sesión fijada para las cuatro de la tarde se iba a convertir en una terapia soñolienta y aburrida. Los jefes de Estado decidieron posponer la reunión para horas de la noche y tomarse una siesta que resultaba físicamente indispensable. Ernesto Samper, cuyo humor alegra las sesiones de las Cumbres –a pesar de vivir entonces unos de sus momentos más críticos con la anulación de la visa norteamericana y la desertificación de Colombia por los Estados Unidos- tuvo una de sus habituales “ocurrencias”. “Por qué no aprovechamos estas horas paras pasarlas con nuestros cancilleres”. Los mandatarios sonrieron. La cancillera de Samper es María Emma Mejías, llamad cariñosamente María Bonita.
En la sesión siguiente, a la hora de fijar el tema central de la venidera Cumbre, que estaba decidido se celebraría en Venezuela, se intercambiaron ideas sobre el tema que supone para los gobiernos latinoamericanos el desbordamiento de las críticas periodísticas. Los mochos se juntaron para rascarse. Siempre la prensa h representado una amenaza para los gobiernos no sólo en América Latina sino en el mundo entero. Lo que pasa es que las cosas han cambiado. Los cuestionamientos que se hacían a un presidente argentino normalmente se quedaban en las páginas de un diario bonarense. Hoy en día los desafueros de Menem son comidilla planetaria. Antes era posible –todavía se intenta pero cada vez con menor eficacia- cercar financieramente a un medio hasta colocarlo en el dilema de la sobrevivencia o el cambio de línea editorial. En México la democracia perfecta del PRI controlaba la importación y la distribución del papel periódico. Cuando un columnista de prestigio se tornaba molesto para un ministro influyente o para el propio Presidente de la República, a la rotativa de los diarios comenzaban a llegar las bobinas de escasa calidad. Cuando las rotativas tosían y la pérdida de papel era superior a las cantidades útiles para la impresión, los editores asimilaban la señal.
Hoy es distinto. “La democracia de la opinión pública o la democracia demoscópica”, como la define Alain Mine, plantean problemas de otra naturaleza. La vida y el futuro de las democracias ya no dependen solamente de los partidos políticos ni de las instituciones públicas derivadas de la Revolución Francesa. A su lado, como un hermano menor que en cosas de años llega a equipararse a los mayores en sabiduría, se ha colocado la opinión pública, influida en una alta proporción por el comportamiento de los medios de comunicación. Ya los periódicos no están limitados a discretos tirajes ni las emisoras o televisoras a unas audiencias que se agotan en sus espacios geográficos naturales. El fenómeno de la globalización ha tenido en la expansión tecnológica y en las posibilidades de interconexión de la televisión, un factor decisivo.
Por eso el prestigio o la buena fama de los gobernantes se ha tornado en una virtud extremadamente frágil. A estas circunstancias sociológicas y tecnológicas, se suma una realidad política. Por primera vez, América Latina presenta un mapa de gobiernos democráticos, con la excepción ya aceptada, de Cuba. Ello supone que el debate político está garantizado, que los Parlamentos no son simples apéndices de un poder dictatorial; que los partidos políticos cumplen con su papel como información; y que la continuación en el poder de los actuales gobernantes o de los partidos políticos que representan, están sujetos a la decisión favorable de la opinión pública.
Desgraciadamente, la universalización democrática de América Latina se da dentro de un contexto difícil. La crisis de los Estados-Providencia, la necesidad de aplicar programas de ajustes macroeconómicos y de reestructuración de las instituciones públicas tradicionales, tiene una contrapartida de creciente impopularidad para los gobiernos. El peso de las reformas se ha reflejado en un deterioro de la calidad de vida y de las expectativas de las clases medias, que tienen influencia directa en la opinión pública y niveles dantescos de empobrecimiento para las clases más desprotegidas. Ello hace que se genere, en términos de opinión, un cuadro contradictorio. Mientras los países latinoamericanos avanzan en la dirección de la modernidad en esa misma medida se hacen más evidentes y se complican hasta grados insostenibles, sus profundas carencias sociales y culturales. Los medios de comunicación se manejan, dentro de una filosofía que cada vez se identifica más con el destinatario, con el lector, con prescindencia de las políticas y los caprichos oficiales.
Por eso para los jefes de Estado reunidos en Chile el tema era digno de un repaso, de una discusión y hasta de ser posible, de ciertas líneas de acción común. El tema de la información, la palabra “veraz” se la incorporó algún comunicólogo venezolano amante de las redundancias, fue encargado al presidente Caldera, quién a lo largo de este año, ha visto caer, con la precisión de un clavadista de Acapulco, sus niveles de popularidad. El presidente Caldera, mucho antes de que los sondeos se convirtieran en la principal referencia de los gobernantes latinoamericanos, ya se sentía una particular afición por los curiosos altibajos de las encuestas.
El documento central que discuten los mandatarios de Iberoamerica en la próxima semana toca un tema explosivo pero cuya materialización es sencillamente imposible. Que los mandatarios reunidos en Margarita proclamen un conjunto de conceptos generales tiene alguna importancia. Pero se trata de definiciones de difícil aplicación. Se trata de un documento para tranquilizar las conciencias de unos gobernantes que ven en la prensa un enemigo temible e implacable. Es mucho más fácil descargar en los medios la responsabilidad de sus propios errores y desafueros que recurrir a una desgarradora autocrítica. Los gobiernos son hipersensibles per se. Todo gobierno –incluso aquellos que han nacido como obras milagrosas de los medios de comunicación- albergan mecanismos y estimulan tentaciones autoritarias y antidemocráticas. Sin códigos de conducta, sin un documento general que en el mejor de los casos supondrá un apoyo convencional, una lógica apelación al espíritu de cuerpo, los gobernantes latinoamericanos seguirán haciendo lo que han venido haciendo. Menem tiene sobre su conciencia el cadáver emblemático del fotógrafo Cabezas. Fujimori nunca podrá desembarazarse de su categoría de gobernante sanguinario. Zedillo sabe, que pese a los vientos refrescantes que agitan la política mexicana, el PRI y su gobierno siguen siendo un sombrío laboratorio de truculencias y chantajes contra la prensa libre. En el corazón de los gobernantes centroamericanos, recién salidos de años de enfrentamientos irracionales y sangrientos, quedan todavía deudas que en algún momento, a lo mejor con menos crueldad que las décadas anteriores, tendrán que ser saldadas. El único gobernante que verá, en buena medida, masajeado su ego es Fidel Castro. Toda la cháchara democrática, los más elaborados argumentos para conciliar la libertad de prensa con las gestiones de los gobiernos democráticos, habrán cedido, en alguna medida, al concepto leninista que el mandatario cubano ha impuesto a sus compatriotas durante casi cuarenta años.
¿Cuál es el papel de los periodistas? El papel de siempre, el único que se corresponde con un oficio que no excluye sino que lo hace parte intrínseca de él, la lucha contra los poderes establecidos y entre ellos contra el más temible y peligroso: el Estado. La declaración de Margarita es simplemente un acto de consolación para gobiernos agobiados por el mismo mal. Un amigo, todavía devoto de la izquierda de los sesenta, alegaba que tan peligrosa para los periodistas resulta la Declaración de Margarita sobre la información veraz, como la actitud recientemente asumida en su contra en la reunión de la Sociedad Interamericana de Prensa en Guadalajara. Es mentira. La SIP no es hoy la SIP de ayer. Como el DMI y el Banco Mundial no son los de antes. Como la Coca Cola es mentira que inocula un misterioso virus elaborado por los genios de la CIA. Todas esas instituciones pertenecían a los valores propios del imperialismo, a los factores que por su propia naturaleza eran referencias antagónicas con las luchas y las esperanzas de los demócratas y militantes sociales latinoamericanos. El tiempo ha demostrado que era una simple manipulación, infantil. Aunque parezca mentira hoy la SIP es más aliada de los periodistas, siendo una organización que agrupa a los editores, que esos gremios desarticulados, fragmentados y suplicantes para su sobrevivencia de auxilios financieros de los gobiernos.
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