sábado, 18 de junio de 2011

La crisis venezolana

Manuel Felipe Sierra
Prologo

La crisis venezolana cobrado en los últimos tres años una dinámica ingobernable. La locomotora del desajuste parece precipitarse hacia espacios desconocidos peor posiblemente traumáticos e incierto. La asonada del 4 de febrero de 1992 imprimió un cambio de velocidad, una marcha más acelerada al cuadro de reacomodos, reestructuraciones y escenarios cambiantes que se desencadenaron con la caída del bolívar el 18 de febrero de 1983.
Ya antes existían atisbos, señales, de que el país -fundamentalmente su economía de sustentación aparentemente inconmovible- estaba cediendo a estremecimientos subterráneos, casi imperceptibles. En 1973, días antes de tener una contundente victoria electoral, Carlos Andrés Pérez había hecho una advertencia, que en aquel entonces parecía temeraria: “esta es la última oportunidad de la democracia”.

Lo que podía considerarse una frase efectista en el calor de una campaña electoral, entrañaba, por el contrario, una certera intuición. Para el astuto político andino era la percepción que suele resumirse en la frase campesina: “está lloviendo en la cabecera”. Todo indicaba que era hora de tomar previsiones, de poner en los enseres y los animales a buen recaudo y esperar el desbordamiento caprichoso de la aguas. Investigadores como José Agustín Silva Michelena aseguraba -con las armas científica de la prospección sociológica- que el ciclo (elipse prefiere llamarlo Arturo Obadía Beracasa asumiendo la metodología de Juan Uslar Pietro) de la democracia venezolana, estaba entrando en una fase de agotamiento y que se imponían recetas para su revitalización y perfeccionamiento.
Desde la izquierda y apoyando en lúcidas reflexiones de Teodoro Petkoff, insurgía el MAS proclamando la necesidad de revisar al socialismo real y de rescatar la libertad como un valor absoluto, más allá de las transitorias incautaciones de los modelos políticos dominante. En Europa planteamientos similares tomaron fuerza con el “eurocomunismo, sin duda, antecedentes esclarecedor de la “perestroika” y el desmontaje de la colosal mentira histórica del comunismo soviético. Desde la derecha se asomaba con timidez la tesis desarrollista que reivindican la libertad económica a través de un movimiento político liderizado por Pedro Tinoco, y que hoy en día tendría una lectura mucho más comprensible: el neoliberalismo.
La “guerra del petróleo” en 1973 significó el ascenso de los países exportadores de petróleo a un inesperado nivel de protagonismo. La OPEP dejó de ser una organización solo para regular la producción para convertirse en un instrumento de negociación política. Venezuela, obviamente, resulto favorecida con la nueva conyutura con el incremento sideral  de los precios petroleros y, en consecuencia, de su ingreso fiscal. Esta circunstancia implico que se ocultasen los signos de una crisis que de todas maneras se incubaba en el substrato de la sociedad venezolana.
Lo cierto es que desde 1983, -diez años duró el espejismo petrolero- los venezolanos vivimos dentro de un contexto novedoso, nervioso, mutante. La Petrodemocracia o el Estado Benefactor muestra sus enormes grietas y la economía -con una salud de hierro durante cincuenta años- ha hecho suyos los males crónicos de las economía latinoamericanas y tercermundistas.
Para 1995 hemos atravesado un largo tramo de la tormenta pero todavía no tenemos  dominio del horizonte. Nuestras élites dominante -cuyas complicidades y decretos compartidos ilustra gráficamente Obadía en este libro- han resultado inferiores a las nuevas responsabilidades.  Los partidos políticos siguen remisos a valorar la hondura de la crisis y sus practicas han cambiado muy poco. El empresario añora el tiempo de la sobreprotección y los créditos generosos. EL movimiento sindical se mueve todavía con los reflejos propios del país opulento, con una dirección anclada en la visión “economista” de los sindicatos. La clase media -que en Venezuela llegó a tener standares de confort superiores al resto del continente- vive la hora de la desilusión y la ruina. Las élites intelectuales y tecnocráticas no han sido capaces de generar mecanismos de inserción social idóneos para asumir su rol de conducción. La Iglesia sigue ejerciendo un incuestionable liderazgo pero su incidencia concreta es menor que su prestigio moral. Las Fuerzas Armadas ofrecen un cuadrote desajuste y fracturas impensables años atrás. La marginalidad ha sufrido cambios en su composición con la presencia de migraciones portadores de valores y costumbres ajenas a los paradigmas morales venezolanos. Los medios de comunicación viven una grave paradoja: mientras sus infraestructuras tecnológicas se equiparan a las más sofisticadas del mundo, sus contenidos se empobrecen contribuyendo a la desinformación, cultivando un tratamiento superficial de los hechos y suplantando el debate por una insoportable canalización. El Poder Judicial nunca conoció peor momento. Atenazado por la ingerencia obscena de los partidos y el temor impuesto por el uso desconocido y, en algunos casos, tramposo que del tema de la corrupción hacen los medios de comunicación. El Poder Legislativo y el consejo Supremo Electoral tienen una baja credibilidad, amen de sus fallas intrínsecas por la acción sistemática de “deslegitimación” que sobre ellos ejerce.
Decíamos que en los últimos tres años la crisis ha entrado en una fase que perece definitiva (neutra según las hipótesis que utiliza Obadía) La elección de Rafael Caldera como presidente de la república fue vista de dos maneras por quienes articularon e impulsaron su candidatura. Para unos sectores (Convergencia y MAS), como una respuesta eficiente a la crisis, e incluso, como antídoto frente a ella. Ese esquema -que resulto útil en términos electorales- no se correspondía con la realidad. Caldera ni ninguna lidera con pretensiones mesiánicas puede conjurar una crisis de las magnitudes del proceso que vive el país. Pero durante mas de un año los hechos han sido francamente adversos a los planes anunciados  por Caldera en su campaña electoral. El cataclismo financiero -generado por una conducta delictual de un grupo de banqueros pero sustentado en causas sistemáticas o estructurales- va a tener efectos que no se circunscriben únicamente al ámbito económico. La suspensión de las garantías políticas y económicas impuestas al país desde junio de 1994 -que por lo demás se a revela do inocua para los fines que fue invocada- comporta un costoso retroceso institucional y una “camisa de fuerza” que en algún momento habría de ceder por la presión popular o reforzada por la apelación a medidas crecientemente restrictivas y excepcionales.
Para otros sectores (el chavismo y la izquierda nostálgica) la candidatura de Caldera fue vista como la oportunidad para debilitar al bipartidismo; neutralizar a factores de poder tradicionales, pero nunca como una estación terminal. El viejo ejemplo de Kerenski rondaba en sus planes para la búsqueda de salidas heterodoxas, ahora sensiblemente potencializadas por una dirección coherente, organizada y con objetivos claros que no existía el 27 de febrero de 1989 ni en las asonadas del 92.
“La quinta elipse” habla de estas cosas pero de muchas más. Lo hace desde la óptica desprejuiciada. Arturo Obadía Beracasa es un empresario exitoso, ex-presidente de un poderoso grupo económico, experto en mercadotecnia, editor y con aficiones intelectuales (fonógrafo y poeta) las cual asume con entera propiedad  Hombre preocupado por el país, se atreve a lanzar hipótesis controversiales sobre el desenlace de la crisis.
Es un libro interesante por su atipicidad. No es un tratado académico ni el manual de una analista prepotente y profesional.  “La Quinta Elipse” recoge reflexiones, vivencias, análisis y sugiere hipotesis novedosas  y hasta curiosas. Muchas de ellas son abiertamente heterodoxas lindando casi con la homeopatía politológica. En todas las líneas del siguiente texto se traduce un interés por indagar; confrontar experiencias, estrujar teoría y elaborar escenarios –algunos tomados de tendencias del mercado o de disciplinas todavía experimentales- no sólo para desentrañar las raíces de la crisis sino para otear salidas y despejar incógnitas.
El libro no se agota en la repetición de un discurso pesimista y si se quiere ya gastado: la caída de la Petrodemocracia, el agotamiento de los partidos, las tendencias negativas de la economía, etc., sino que se atreve a discutir conceptos preestablecidos y a opinar libremente con creatividad y audacia  sobre nuevos caminos. En épocas de confusión e incertidumbre como esta, ello tiene un valor inapreciable.        
   
              

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