sábado, 18 de junio de 2011

OFICIO PROFANO

OFICIO PROFANO

Manuel Felipe Sierra
               
Era un tiempo de búsqueda inagotable, de desenfrenada exploración adolescente. Cuando en la madrugada del 23 de enero el estrépito de la “vaca sagrada” sobre Caracas anunció la huida del dictador, se descubrió el rostro de una Venezuela silenciosa y subterránea. Ahora se dice que cuarenta años después vivimos una fractura histórica, un rompimiento inédito, cuyo desenlace pertenece al mundo de la conjetura. Lo cierto es que aquellos años prepararon una generación dispuesta para muchos oficios, todos ellos profanos, ingratos y en no pocos casos, viles. La política se alimentaba de una raíz intelectual, de un apego por la lectura, de una pasión por el conocimiento y por develar misterios arrancados a las páginas de la historia, la sociología, la filosofía y el alumbramiento poético.


El discurso en el mitín, el artículo de prensa, la discusión ideológica, el recorrido por el túnel incabable del marxismo, la admiración por Malraux y Sartre, el estremecimiento de Pavesse y Vallejos, la mano de Segal y Keynes para explorar los vericuetos de la ciencia económica, eran vertientes que confluían en un delta común. Nunca tuvo mayor pertinencia la definición gramsciana del “intelectual orgánico”.  Lo que eran quienes luego se confinaron en los conventos académicos y quienes nos sometimos a las turbulencias de una vida compartida entre la política, el periodismo y la aventura literaria. El tiempo iba a decantar cuál de los oficios profanos había de prevalecer en los apremios de la existencia.

Pero en todo caso, los oficios terminaron compartiendo la misma morada. Y han sido cuarenta años de ver y sentir el país con los sentidos en plena tensión. De conocer su gente, de historiar sus protagonistas, de padecer el vértigo de sus caídas y la palpitación de sus pequeñas victorias. Quienes anclamos en el oficio periodístico hemos dispuesto de un minarete privilegiado para contar las cuatro décadas que ahora culminan y para prefigurar, con la imprecisión natural de la prospección histórica, los espacios que aguardan el futuro.

Era lógico que algunos accediéramos (como los escritores que encuentran en la publicidad un hombrillo a la creación) a este nuevo y misterioso oficio de consultores o asesores electorales, dependiendo la denominación de la pedantería del contratado. Oficio ambiguo e indescifrable tan de moda en épocas de campañas y que consiste en tener un mediano sentido común y en conocer lo menos superficialmente posible las realidades de un país. (Curiosamente, la mayoría de los asesores son extranjeros y mientras más dificultades tienen con el idioma nativo mayor es el monto de sus emolumentos). Oficio que no se aprende en universidades ni academias y cuya utilidad ha sido sobreestimada deliberadamente por los magnates de la nueva industria que se dividen el mundo en sus oficinas de la Quinta Avenida para clonar futuros presidentes.

La consultoría o la asesoría electoral ha sido mitificada en sus poderes. No es cierto que se puedan fabricar presidentes mediante la cirugía plástica comunicacional ni que con una razonable cuenta en dólares se pueda tomar por asalto la Presidencia de una “nación bananera”. La función del consultor o asesor es mucho más humilde. Sus consejos son necesarios para orientar una campaña, para combinar experticias con los publicistas y encuestólogos, para una lectura certera de los sondeos de opinión y en algunos casos, para atisbar, siempre por el reflejo de la experiencia, las tendencias finales de una elección. Pero el hecho electoral ha sido, es y seguirá siendo un hecho fundamentalmente político y sus resultados dependerán única y exclusivamente de la valoración y acertada interpretación de las realidades políticas.

La dirigencia política venezolana ha querido resolver la “crisis de los cuarenta” abusando de la superchería de la imagen, suplantando la propuesta por el milagro mediático, y las ideas por la prestidigitación comunicacional. Es el drama que vive el paciente terminal en la búsqueda desesperada de ayudas sobrenaturales para sobrevivir. Ya no sólo es una contratación compulsiva de asesores para apuntalar candidaturas que nunca tuvieron viabilidad sino la presentación de estos chamanes definiendo públicamente sus estrategias (en un solemne sacrilegio antiético) y asumiendo el protagonismo de las campañas que los líderes políticos, inexplicablemente, abandonan.

Después de cuarenta años, a muchos de los adolescentes del 58 nos tocará probablemente presenciar otro ajuste de cuentas políticas. Sin los sueños ni los descubrimientos de entonces, pero dispuestos a ejercer cualquiera de los oficios profanos de la vida y las convulsiones históricas del país han puesto en nuestras manos, incluyendo el muy “in” de consultor o asesor electoral dependiendo del cliente, por supuesto.

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