BLANCO Y NEGRO
LO QUE EL VIENTO
SE LLEVO
Hay una de actitud nostálgica a los 40 años del 23 de enero. Se sostiene que ha culminado un ciclo histórico, que se ha quedado una etapa fundamental en la vida del país. Ello es cierto. La alegria e la emoción que sucedió a la caída de Pérez Jimenez ha dado paso a una época de fatiga y frustración. Más allá del registro anecdótico, a lo largo de cuarenta años Venezuela ha vivido momentos de cuforia y de depresión. Como la historia misma. No en vano los procesos historicos no son lineales. Ellos se construyen en zigzag, entre marchas y contra marchas.
A los cuarenta años las instituciones nacidas o relanzadas el 23 de Enero de 1958. muestran agotamiento y cansancio. Los partidos políticas han perdido vialidad. Sus estructuras se ha anquilado. Se profundiza el disranciamiento entre las cúpulas privilegiadas de los partidos y las bases partidistas. Entre los partidos y la población se abre un abismo. La partidocracia ya na refleja de modo alguno, las antiguas y expectativas de un país compuesto mayoritariamente porhombres y mujeres que no habian nacido la madrugada cuando la Vaca Sagrada hizo su torpe planco sobre El Avila. Las instituciones publicas –influidas de manera abusivas por los partidos- han perdido credibilidad y prestigio. Una onda de esceptisismo o cuando no de indiferencia, se apodera de la mayoria del país.
A las puertas de unos comicios generales el hecho se hace demasiado evidente. La opinión pública, los factores emergentes de la sociedad están dibujando una tendencia inédita en la política venezolana. Ya las candidaturas partidistas no imponen sus candidatos presidenciales al electorado a punta de maquinaria o de una ostentación millonaria. El cuadro electoral refleje con nitidez la nueva realidad. Este fenomeno es saludable por que demuestra que el país se prepara para un cambio de rostro y seguramente de políticas. Pero entraña tambien un riesgo. El agotamiento del modelo democrático no supone la muerte de la democrácia, como sistema. Por el contrario,el proceso político venezolano abre la oportunidad para la profundación y la ampliación de la democracia, para nutrirla de nuevas fuerzas y energías y colocarlas en los espacios de la modernidad. Pero el desconcierto del país tambien es proclive al nacimiento de falsas ilusiones y espejismos. Allí tiene cabida, por la vía del desencanto colectivo, fórmulas electorales engañosas, fragiles, que explotan la escasa información de los jovenes o la logítima insatisfacción de los sectores populares. Estas opciones suponen en el fondo un peligro para la estabilidad democrática. A los cuarenta años de la democrácia se impone un cambio de rumbo, un viraje serio y sustantivo pero siempre para revitalizar y preservar la libertad como valor esencial del sistema democrático. Lo demás, son “pócimas milagrosas” que resultan peores que la enfermedad.
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