jueves, 16 de junio de 2011

LA VACUNA

LA VACUNA


Los ganaderos de la frontera con Colombia encontraron un modus vivendi con la guerrilla y el narcotráfico pagando una vacuna que los pone a salvo de secuestros y agresiones. La institución de “la vacuna” se ha trasladado al ámbito electoral.  Ante la amenaza que representa Chávez para los sectores económicos, nuestros empresarios están procediendo con el pragmatismo de los hacendados de la frontera: contribuir con las finanzas del candidato golpista para protegerse de los desmanes que un gobierno presidido por éste supondría para la muriente economía venezolana.


No es extraño este comportamiento de los herederos de los “grandes cacaos” caraqueños. Si sus antecesores, que tenían mayor sentido del trabajo y del honor, se derretían ante los jefes de las montoneras analfabetas del siglo pasado, qué se  podía esperar de unos ricos que han esquilmado al país, que han entregado sus fortunas al primer postor y que han colocado su dinero, a buen recaudo, en los bancos de Miami. Cuando las encuestas comenzaron a reflejar altos niveles de preferencia por el “héroe” del 4 de febrero, las piernas de nuestros “hombres de empresa” comenzaron a sentir curiosos temblores. Primero fueron algunos productores del agro, beneficiarios de créditos durante los cuarenta años de la democracia y arrepentidos de haber servido de soporte de la candidatura de Caldera el 93. Después, el frenético nerviosismo, de algunos ejecutivos de alto nivel, ligados a las transnacionales que se ofrecieron solícitos para interceder ante las autoridades norteamericanas para que le fuera concedida la visa al aspirante presidencial.

Acto seguido se produjo el movimiento de algunos banqueros, que celebraron entusiastas la caída de la banca el 94, porque esperaban repartirse el mercado financiero y ahora expresan su desencanto ante la presencia dominante de la banca extranjera que los ha situado en un incómodo segundo plano. No ha faltado la mano protectora de esos empresarios apátridas, que exhiben la nacionalidad venezolana como único vínculo con el país, pero que piensan, sienten y viven en suelos lejanos. También ha sido útil la ayuda de contratistas de obras públicas, duchos en el negociado de las comisiones y mecenas de los viejos políticos clientelistas. Todos unidos por el lazo común del miedo y la cobardía y con un profundo desdén por el futuro del país. Los ricos caraqueños le encuentran atributos a Chávez que antes le desconocían. Suelen ponderar “los progresos” del candidato, su deslumbrante inteligencia, su don de mando, sus dotes de estadista moderno. Hasta los gustos y hábitos de estos empresarios han comenzado a variar. Ahora coleccionan los discos de Cristóbal Jiménez, redescubren la Biblia, se reconcilian con el folklore, se han aficionado a la carne en vara y se asombran ante los milagros de María Lionza. En las reuniones sociales  repiten que Chávez no representa peligro alguno. Que lo patriótico es colaborar con su gobierno, en caso que gane en diciembre, para enderezar al país. Que es la hora del cambio y que basta de los Alfaro Ucero, los Caldera, los Herrera Campíns, los Petkoff y “toda la fauna de la política tradicional”.

Mientras tanto, entre otras cosas por el “efecto Chávez” el país se cae a pedazos. Estamos al borde de una nueva devaluación del bolívar, la recesión empuja al desempleo a millares de venezolanos, la inversión extranjera se detiene, se complica el manejo bancario por las altas tasas de interés y la inflación devora el ingreso de la clase media y de los sectores populares. Cuando era de esperarse un comportamiento enérgico y valiente del empresariado para enfrentar la crisis, nuestros ricos se rinden, pagan su vacuna y preparaban a la familia para vivir en Miami, porque a este país “se le llevó el carajo”.

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