jueves, 16 de junio de 2011

EL ENCUESTADOR

EL ENCUESTADOR


Durante años se le llamó sablista. Había perfeccionado las artes del estafador. Buena apariencia, vestir impecable y labia convincente. Era un personaje entre holgazán y delincuente. Estaba en todas partes. Era habitué de las barras de moda. Merodeaba en las fiestas diplomáticas. Tenía uno o dos amigos en el Congreso a quienes les masajeaba el ego con furia. Guardaba la tarjeta personal de un ministro para cuando las circunstancias lo exigieran. Había desarrollado un modus operando para seducir secretarias.

El sablista tenía un agudo sentido de la oportunidad. Tenía medido el tiempo para actuar con eficacia. Sabía ir sobreseguro contra su víctima. El sablista nunca se equivocaba y sus movimientos terminaban por apoderarse de la presa escogida. Los delitos del sablista, y de allí su diferencia con el estafador, eran menores y no daban para apelar a la justicia. El pago de una gruesa cuenta de almuerzo; un préstamo para completar la cuota del apartamento, una ayuda para solventar la subida enfermedad de la madre o del hijo. El sablista siempre se las ingeniaba para convivir con sus víctimas recurrentes. Y sus víctimas aceptaban al sablista como un amigo más, como un vividor simpático, como un pillo inofensivo.

Hoy en día, mutatis mutandi, al sablista se le llama encuestador. El personaje se ha sofisticado. Sigue vistiendo bien, cuidando su presencia y confiando en su labia irresistible. Pero ahora machaca el inglés y se ha hecho de un oficio misterioso y elegante. El encuestador es dueño de un lenguaje y unas técnicas inaccesibles para el común de los  mortales. Conoce verdades intrincadas y descifra secretos que interesan demasiado a los políticos. Ahora el encuestador es el protagonista de la película. Es asediado en todas partes. Es llamado para consultas y para construir pronósticos. La prensa necesita de las investigaciones del encuestador para embaucar a los electores. Los electores necesitan de la gaceta hípica del encuestador para no equivocarse el día de las elecciones.

En tiempos de elecciones o de zafra, el encuestador despliega una actividad física extenuante.  El encuestador se levanta muy temprano, porque a primera hora estará en la televisión orientando a una población confundida por obra de los diversos y contradictores resultados que él mismo ha dado a conocer. Se le verá en el aeropuerto presuroso, maletín en mano, rumbo a Valera. Después de una reunión de trabajo, en la cual presentará unos resultados hechos a la medida del candidato que contrata la encuesta, cobrará los servicios y pedirá permiso porque tiene que atender un compromiso en Barquisimeto. Allí se repetirá la escena. De regreso a Caracas, se le podrá ver en la noche ante un auditorio de atildados inversionistas explicando la evolución de las tendencias y el cruce de las curvas.

El sablista se movía en un escenario doméstico. El encuestador influye en la población. Se le ha consagrado como un alto sacerdote de la política y la opinión pública. Sus mentiras se convierten en verdades. Sus millonarias tropelías dejan víctimas y ocasionan daño. A diferencia del sablista, aquel pintoresco personaje de la Caracas de hace cuarenta años, el consultor no es sólo un holgazán y un vividor sino también un redomado delincuente, es decir un estafador, según el Código Penal.

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