viernes, 3 de junio de 2011

Miserias y desventuras del Doctor Frankestein

Gershom Scholem, uno de los más extraordinarios pensadores judíos de la modernidad, escribió un hermoso libro llamado La cábala y su simbolismo (1965), que recomiendo a todos quienes se interesan no sólo por el misticismo judío sino por el pensamiento ilustrado de esa riquísima tradición intelectual. Culmina esa trayectoria filosófica iniciada entre nuestros judíos, los sefarditas, en el siglo XII con el cordobés Mose ben Maimon (Maimónides), quien escribiera un tratado cuyo sólo título bastaría para considerarlo entre las grandes invenciones de la humanidad: Guía de perplejos. Entre otras virtudes, tuvo Scholem la de dar a conocer a Jorge Luis Borges la historia del Golem: “el cabalista que ofició de numen /a la vasta criatura apodó Golem; /estas verdades las refiere Scholem / en un docto lugar de su volumen” (El Golem).
Lo recuerdo en esta era de perplejidades por ser el Golem la fantasía de una desventura paradigmática, la de la progenitura del monstruo fratricida: un rabino de Praga, conocedor de los misterios de la letra, el número y la palabra, cae en la sublime tentación de parodiar a Dios, el innombrable, haciéndose a la tarea de darle vida a un monigote hecho de barro, para lo cual recurre a todas las artes ocultas del sagrado cabalismo: “Si (como el griego afirma en el Cratilo)/ el nombre es arquetipo de la cosa, en las letras de “rosa” está la rosa/ y todo el Nilo en la palabra “Nilo”. Le da vida y le llama Golem. Y feliz de su omnímodo poder pone al Golem a cumplir las tareas domésticas más bajas y serviles, obsecuente y silencioso como parece el esclavizado monstruo ante su creador. Hasta que por la impostura se derrumba y cae sobre su progenitor, dándole espantosa muerte.
La tentación de la recreación divina ha de estar en lo más profundo del inconsciente colectivo, pues además de servir a todos los grandes ritos tribales conocidos sirvió también de lejano aunque posiblemente desconocido argumento a Mary Shelly para escribir el gótico drama del Dr. Frankenstein, esa criatura poseída del Sturm und Drang que injerta un cerebro fresco y recién extraído de una moribunda en el cráneo de un cadáver preparado a la ocasión. La industria cinematográfica haría del tema uno de los íconos del horror y ni siquiera es necesario recordar el precio pagado por el soberbio Dr. Frankenstein: muere también a manos de su horrenda criatura. Como el rabino de Praga.
Se trata, obviamente, de metáforas terribles: aquellas que nos remiten a la expiación de pecados y crímenes que nos lastran desde el comienzo de los tiempos. Freud lo reinventó hecho trauma y cultura en el trágico sino de Edipo. Stevenson internalizaría la paternidad sobre nuestros propios monstruos creando la esquizoide monstruosidad del Dr. Jekill y su doble, Mister Hide, psicoanalítica versión del Dios Jano. Goya, devastado por la soledad de su sordera, dibujó los monstruos engendrados por los sueños de la razón. Pues al parecer los sueños, y no cualesquiera sino precisamente los engendrados por la razón, el ámbito fantasioso de la utopía, sólo generan monstruos. La idea de los creadores de monstruos que pasan a ser devorados por sus criaturas entraría a la historia y se inmortalizaría con las revoluciones, que como bien se sabe desde la madre de todas ellas, la francesa, terminan siempre e inexorablemente devorando a sus mejores hijos. Su más eximio e inolvidable invento: la guillotina para sus pródigos rebeldes. La rusa siguió su ejemplo con el fusilamiento de la pléyade de grandes intelectuales que pidieran “¡Todo el Poder a los Soviet!” asesinados por el estalinismo en uno de los más escabrosos juicios de la historia, los juicios espectáculos de Moscú de mediados de los años 30. Anticiparon los que, siempre en tono menor y orquestados por el desenfadado espíritu caribeño, tendrían lugar dos décadas después en La Habana, hundiendo en las mazmorras del castrismos a los mejores luchadores cubanos contra la dictadura batistiana, culminando con el vergonzoso juicio sumario al más grande de los héroes pos revolucionarios cubanos, el general Ochoa Sánchez, y su segundo, Tony de la Guardia. No sólo a ellos, incluso a los íntimos: Camilo Cienfuegos y el Ché Guevara, les esperaba el destino de los hijos de Saturno: ser devorados por la cruenta voracidad del monstruo.
2
No dejo de pensar en el Golem y la espantosa criatura del Dr. Frankenstein desde el 6 de diciembre de 1998. Y más que en el monstruo, al que ya le viera sus primeras cicatrices cuando no era más que un prometedor prospecto golpista, pienso en todos cuantos desde entonces o quizá desde antes, soñaban en la prometeica y criolla aparición del caudillo, del monstruo dictatorial construido con la esperanza de resolver, suerte de Robocop de la política nacional, los estropicios causados por una sociedad irresponsable, hedonista y cómplice. Siguiendo, por cierto, muy viejos y ya desteñidos guiones históricos ensayados exitosamente en el München de los años veinte y en la decadente Roma imperial de la primera pos guerra. Con efectos muchísimo más apocalípticos que este que nos agobia, pero tan paradigmáticos como los de nuestra insólita “revolución bolivariana”.
Nuestro Golem estuvo prefigurado en los resabios de la guerrilla de los 50-60. Intuido en las febriles ensoñaciones de Douglas Bravo. Amamantado por su hermano Adán y criado entre el humus de polvorientos atardeceres cuarteleros. Hasta el 4 de Febrero no era más que un signo cabalístico del caudillismo uniformado venezolano, un pobre y miserable muchachito llanero, descalzo, desaforado y lenguaraz como casi todos sus coterráneos. Un candidato a cualquier medianía folklórica. Y hubiera arrastrado su liqui liqui, su álbum de fotografías y sus levantes cerveceros por pueblos tristes si no se hubiera asomado a los laboratorios de nuestros doctores Frankenstein y no se hubiera topado con una sociedad desmemoriada. Pues sucede con él lo que con todos los monstruos creados por el artificio de la razón y sus delirios. Hasta el día de hoy se desviven los historiadores de lo imposible preguntándose por el destino que hubiera seguido nuestra atormentada humanidad si los meticulosos y estrictos profesores de la Academia de Bellas Artes de Viena hubieran sido menos exigentes a la hora de evaluar a sus candidatos permitiendo que el mediocre dibujante a mano alzada llamado Adolf Hitler hubiera hecho carrera en el mundo del arte. Dejando la política en manos de sus profesionales. ¿Qué hubiera sucedido de su versión sabanera si acierta a pelotero?
Filósofos vernáculos, comunicadores proféticos, historiadores amateurs, empresarios agalludos y políticos jubilados se dieron a la tarea de insuflarle vida a nuestro Golem. Ni siquiera vale la pena mencionarlos, pues a todos o a casi todos ellos ha terminado por expelerlos. Lo cual no sería tan grave, dado que a ninguno le ha tocado aún la suerte de nuestro soberbio rabino de Praga que debió pagar con su propia vida la terrible impostura de asomarse a la grandeza del creador. Lo grave es el olvido y la desmemoria en que incurren: ya olvidaron su espantosa responsabilidad en la creación del monstruo, ya se han lavado las manos y borrado las huellas de su cirugía política y hoy se desgañitan atacando a quienes desde siempre se opusieron a la perversa creación y a sus progenitores. Es el peor castigo: quedar adheridos a las destemplanzas del ser que clonaran, del cual posiblemente jamás logren exorcizarse.
3
Son patéticos. Uno de dichos rabinos praguenses que ejerce de profesor de filosofía, como terapia para salir del monstruo sabanero a cuyos pies de barro se rindiera él mismo recomienda la lectura de Sócrates, Platón y Aristóteles: “volver a los griegos”. De creerle, más que recuperar la escasa tradición democrática que poseyéramos y que a él parece causarle alergia, debiéramos hacernos al estudio de La República de Platón o La Política, de Artistóteles. Lo dice absolutamente en serio. Otros arrastran su despecho clamando el arrepentimiento de haberle decorado, agregándole alitas angelicales. Y los más vociferantes pretenden dictar cátedra acerca de qué hacer y cómo hacer para darle caza. Con la misma arrogancia con que escribían apocalípticos panfletos explicándonos “por qué eran chavistas”, convirtiendo a la única Venezuela democrática que hemos tenido en un pestilente burdel, ahora se engolosinan destapando las lacras, errores y malformaciones de la oposición. A un cirujano culpable por la muerte de su paciente por lo menos se le da castigo público y a veces hasta penal.
Lo he dicho y no quisiera dejar de repetirlo: mientras aquellos que crearon al monstruo y le alfombraron el camino al Poder no hagan un público y creible mea culpa, reconociendo la tremenda responsabilidad que arrastran consigo, no debiéramos darles el menor crédito. Si tuvieran una pizca de auténtica responsabilidad moral, posiblemente ya hubieran callado. Disfrutan de los favores de la realidad que más detestan: la democracia. Pues como bien lo dijese el historiador A. J. P. Taylor: “detrás de todo escritor contundente acecha un dictador en potencia”.
El delirio por lo absoluto: tras todos nuestros Dr. Frankenstein palpita el horror ante la intrínseca menesterosidad de lo real y la adoración al absoluto. Se creen depositarios de la perfección y nos entregan monstruos. Defienden a capa y espada la diáfana pureza de la metafísica y terminan abonando estiércol.
Dios nos proteja de nuestros monstruogenos. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario