TOTALITARIO O AUTOCRATICO
Manuel Felipe Sierra
Uno de los rasgos definitorios del modelo que se trata de imponer en Venezuela, consiste en ejercer el control de los espacios claves de la sociedad. El propio Benito Mussolini y el mas esclarecido ideólogo del fascismo Giovanni Gentile, acuñaron la palabra “totalitario” para explicar la naturaleza de su proyecto político. Para otros estudiosos lo que ocurre en el país podría vincularse, como lo sostiene la investigadora venezolana Constanza Espinel a una versión neototalitaria.
El politólogo Guillermo Yépez Boscan, sobre la premisa de un ensayo de Max Weber, aproxima la revolución bolivariana a un “régimen sultánico”. Forma de gobierno que no necesariamente responde a una definición islámica. En los últimos años en América Latina, se ha usado de manera persistente la denominación de neoautoritarismo después de la experiencia de Alberto Fujimori en Perú. Lo que resulta claro es que cada día -dada la recomposición de las relaciones políticas, militares y económicas en el mundo globalizado- existen menos espacios para la consolidación de dictaduras primitivas y brutales.
El caso venezolano ofrece una característica que dificulta, en un principio, la caracterización del proyecto chavista: su origen y posterior relegitimación por la vía del voto. Además, la robusta cultura democrática de los venezolanos opera también como un obstáculo para asumir que la nación pueda enfrentar un modelo político que deslegitima y pervierte el Estado de Derecho y las normas de la convivencia constitucional.
Pero los hechos después de cuatro años, son mucho mas contundentes que las elucubraciones académicas (lo que no niega la importancia de éstas para entender las complejidades del mundo moderno). Chávez ha avanzado simultáneamente en cuatro frentes cardinales. Es verdad que la institución partidista evidenció en los años 80 una curva de agotamiento que facilitó, sin la menor duda, su acceso al poder. Pero en los meses siguientes a la victoria del 6 de diciembre de 1998, su estrategia fundamental consistió en estigmatizar a los partidos políticos que, ciertamente, habían perdido aliento popular. Ello le permitió impulsar un proceso constituyente que no sólo implicó un mayor debilitamiento de las organizaciones políticas tradicionales, sino que le abrió el camino para ejercer un dominio discrecional de las instituciones públicas: Asamblea Nacional, TSJ y Poder Ciudadano.
La Fuerza Armada se convirtió en otro objetivo prioritario. Ya se conoce cuál ha sido el resultado de una labor dirigida a decapitar la élite institucional de la FAN; convertirla en una facción política al servicio de los planes mesiánicos del mandatario; y acentuar la penetración de asesores cubanos, contribuyendo, al mismo tiempo, al deterioro operativo de los cuatros componentes de la institución.
El genocidio gerencial de PDVSA estaba anunciado. Para Chávez el paro del 2 de diciembre funcionó como un simple pretexto. En Chávez priva una concepción, según la cual, la industria petrolera debe responder a una sola política vertical, sin reparar que ella es una empresa -que siendo el Estado su principal accionista- tiene que responder a la racionalidad y los requerimientos del mercado energético internacional.
La captura del sector privado se convirtió en otro presupuesto del régimen. La creciente activación política de Fedecámaras y la CTV se erigió en un impedimento para aplicar una política de redefinición hacía abajo de la producción nacional. Es la vieja obsesión rural del chavismo. El control de cambio punitivo y político que ha significado el secuestro del mercado cambiario durante cuatro meses, seguramente, le permitirá estimular un sector de neoempresarios financiados por una asignación discriminatoria de divisas y que le sea incondicional; lo cual, inevitablemente, significará un golpe sensible para el movimiento obrero, con la destrucción y desaparición de sindicatos.
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