sábado, 10 de septiembre de 2011

BADUEL Y EL TAO

Fabula Cotidiana
11/05/2010
 BADUEL Y EL TAO
Manuel Felipe Sierra


A la medianoche del 11 de abril de 2002  el general Raúl Baduel levantó el teléfono y escuchó la voz de Hugo Chávez: “hermano, te agradezco tu posición y la de tus soldados porque eso ha servido para impedir que vengan a atacarnos aquí en el Palacio y a matarnos”. A los minutos Chávez cedía a la presión del alto manto y abandonaba  Miraflores.

En su oficina de la Brigada de Paracaidistas de la Placera en Maracay, el general Baduel esperaba un desenlace que podría ser sangriento. Maracay seguía siendo el más importante bastión militar del país  y   el  más sólido soporte civil del régimen. Entre Chávez y Baduel existía una estrecha amistad. Junto a  sus compañeros Felipe Acosta Carlés y Jesús Urdaneta Hernández sellaron un pacto de sangre  ante el  Samán de Güere la tarde del 17 de diciembre de 1982. Se trataba de promover una acción de las jóvenes generaciones militares para tomar el poder, y aplicar un programa inspirado en las lecciones de Simón Bolívar, Simón Rodríguez y Ezequiel Zamora.


El 4 de febrero de 1992 estalló la primera intentona y el 27 de noviembre del mismo  año se registró una réplica de oficiales de mayor graduación. Baduel no participó en ninguna de las dos. Años después confesó a Marta Harnecker: “como yo no tenía certeza de que eso estuviese estructurado, no fui partidario del pronunciamiento militar. Y a pesar de que había discutido eso por lo menos con Chávez y Arias Cárdenas muchos de mis compañeros han señalado que tuve posiciones ambivalentes, que nunca me comprometí, que no salí adelante”.

Los oficiales sublevados fueron a las cárceles y en 1994, sobreseído por orden presidencial, Chávez emprendió la construcción de un movimiento político. Baduel seguía en los cuarteles; egresaba  del curso del Estado Mayor en la Escuela de las Américas en Fort Benning, y debía sobrellevar las sospechas de sus superiores por su “pasado bolivariano”. Combinaba su carrera militar con las enseñanzas del taoismo. Al lado de los manuales de guerra reposaba el Tao Te Ching  de Lao Tse, un libro que reza: “el mejor militar no es marcial, el mejor luchador no es agresivo y el mejor conquistador no entabla combates”. La madrugada del 12 de abril su personalidad esquiva a las definiciones debía tomar una decisión crucial para su vida y el país.

El 12 de abril  Pedro Carmona asumió como presidente provisional  y mediante un decreto liquidó los poderes constituidos. El grupo militar que forzó la salida de Chávez confiaba en que la decisión de Baduel, por el poder de fuego  en sus manos, habría de blindar  la  nueva situación. La  mañana del sábado 13 resultaba claro que el operativo para relevar a Chávez no garantizaba todavía un mandato estable.  Los alrededores de La Placera en Maracay comenzaron a poblarse con  partidarios  del chavismo. Varios altos oficiales llegaban de Caracas y exigían respuestas ante un prolongado suspenso. Baduel, en una oficina  impregnada de incienso, habría de tomar entonces  una decisión significativa: la activación del plan de Restitución de la Dignidad Nacional, que con el argumento  de preservar la vigencia constitucional aseguraba el regreso del presidente electo y prisionero en la isla de la Orchila.  El balance de las fuerzas  a esa hora era  favorable a la acción y más aún con la incorporación  de la Aviación lo cual sumaba el  80% de las unidades de comando de todo el país.

El solo anuncio de la operación tuvo un efecto disuasivo en un improvisado frente cívico-militar con tendencia evidente a un  pronto resquebrajamiento. La madrugada del 14, Chávez entraba a La Placera, recibía el abrazo  de Baduel y marchaba a la retoma de Miraflores.  Baduel comenzaba una vertiginosa carrera: comandante de la  División de Maracay; comandante del Ejército y ministro de la Defensa con grado de general en jefe. Era el único del grupo  bolivariano que había permanecido en la estructura militar, gozaba de  aprecio por su solvencia profesional y tenía  conocimiento de la movediza topografía castrense.

El 2007 el general Baduel pasó a retiro, pero ya había  labrado un liderazgo con influencia en el mundo civil.  La propuesta de Chávez de una reforma constitucional para legalizar su proyecto totalitario ese año, le abrió una oportunidad de oro al oficial en retiro. Baduel llamó a enfrentar la propuesta y convocó a votar contra ella cuando el desánimo privaba en un mundo opositor afectado por la reciente derrota de su candidato presidencial Manuel Rosales. La noche del 2 de diciembre de 2007 Baduel asumió la defensa de la victoria democrática y anunció que la reforma había sido derrotada y fue más allá: su influencia resultó determinante para que el alto mando emplazara a Chávez a reconocer un resultado adverso.  Si se buscase el punto de ruptura de una larga amistad habría que encontrarlo esa noche cuando Chávez debió asimilar el peso de un formidable y certero revés. Sometido a juicio por supuestos actos de corrupción durante su desempeño como ministro de la Defensa, Baduel permanece detenido desde hace más de un año y recientemente un tribunal lo condenó a 7 años y medio de prisión y declaró su inhabilitación política.

Se  recuerda que recién electo, Chávez llamó a Baduel para que lo acompañara como su secretario privado cargo que ejerció durante varios meses. El 1º de enero de 1999 ambos  asistieron a la celebración de los 40 años de la revolución cubana en La Habana. En el viaje de regreso los acompañó Gabriel García Márquez. El “Gabo” en la crónica que escribió  sobre el encuentro pone de manifiesto el contraste que notó entre la jovialidad y soltura de Chávez y el rostro indescifrable de  su secretario privado. Con la perspicacia del novelista cierra el reportaje con una interrogante sobre Chávez, que después de once años tiene una respuesta que no deja lugar a dudas: “mientras se alejaba entre sus escoltas de militares comprometidos y amigos de la primera hora, me estremeció la inspiración de que había viajado y conversado con dos hombres opuestos. Uno a quien la suerte empedernida le ofrecía la oportunidad de salvar  su país. Y el otro, un ilusionista, que podría pasar a la historia como un déspota más”.

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