sábado, 4 de junio de 2011

El brutal crimen de consuelo

Manuel Felipe Sierra

El brutal crimen de Consuelo Araújonoguera ejecutado por la guerrillano pudo ocurrir en un momento más crítico en la guerra de Colombia. Las explicaciones que ahora puedan dar los voceros de las FARC carecen de sentido. La muerte de "La Cacica” tiene un significado simbólico. No es la primera ni será la última muerte en un país donde la sangre inocente se ha constituido en un rito macabro.

Se trata en este caso de lo que representa la desaparición de una mujer que no sólo ejerció el ministerio de Cultura, esposa del Procurador General, Edgardo Maya Villazón, sino que fue por sobre todo el hada madrina del vallenato, la expresión menos contaminada y más cierta del folclor colombiano. El drama bélico de Colombia ya conoce todos los registros de la muerte. Desde el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán en la séptima avenida de Bogotá en 1948, que disparó una espantosa espiral de barbarie que llega a los 53 años, hasta el asesinato calculado y despiadado de candidatos presidenciales, ministros, magistrados, empresarios, periodistas y millares de hombres y mujeres sumergidos en los avatares de la vida cotidiana.


El conflicto armado de Colombia ya no tiene salidas. Las esperanzas de paz que llevaron -en un acto de conmovedora utopía- al presidente Pastrana a una apuesta de reconciliación con los grupos armados cediendo espacios y responsabilidades de gobierno a las guerrillas no pasaron de ser una simple confesión de buena fe. ¿Y es que acaso en un país que se desangra inútilmente no vale la pena un último esfuerzo por la cordura y la sensatez?. Pero las realidades políticas y la raigambre de una cultura de la violencia -expresada en todas las formas de que ella es capaz- están por encima de formulaciones, deseos e incluso de oraciones tardías.

Colombia es un país metido en el laberinto de la violencia. Como en las civilizaciones antiguas la guerra parece ser la única forma posible para la expiación de pecados inéditos. En ese país se ejercita la violencia más allá de toda consideración racional. En un mundo donde el fanatismo, el racismo y la confrontación demencial parecen ganar terreno, el drama de Colombia se hace cada vez más dramático e inevitable.

Lo ocurrido el domingo con la muerte de Consuelo Araújonoguera no es sólo un tema para la curiosidad periodística. Revela el fracaso del empeño pacifista de Pastrana. Es una respuesta a la nueva ofensiva de las fuerzas militares repotenciadas por el Plan Colombia y la consecuencia de un movimiento guerrillero que acorralado subirá los decibeles de su acción criminal.

Lo que ocurrió el domingo 30 en la Sierra Nevada de Colombia es posiblemente el hecho más emblemático en la sangrienta encrucijada colombiana. Richard Boucher, vocero del Departamento de Estado no establece diferencias entre el atroz final de "La Cacica" y las operaciones genocidas de Osama Bin Laden. El senador demócrata Bob Graham tampoco distingue entre las prácticas de las FARC y los crímenes teledirigidos de Al-Qaida. Colombia entra, como era previsible, pese a las idílicas intenciones de Pastrana, en los espacios de un conflicto cuyo desenlace no es posible calibrar. Por lo pronto sobre la tumba de "La Cacica" en  Valledupar, el acordeón guarda silencio.

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