sábado, 4 de junio de 2011

El país del paro

Manuel Felipe Sierra

Ya Caracas no es una ciudad inhóspita por el tráfico, por el malhumor de miles de conductores y la violencia genética de quienes asumen el riesgo de tomar un volante. Desde hace dos años Caracas es otra cosa. Es una ciudad que ha perdido las coordenadas de su flujo automovilístico. Un día los taxistas -muchos taxistas- deciden paralizar las redes vitales de la ciudad por que cada noche uno de ellos -en circunstancias que nadie conoce- pierde la vida.

El centro de Caracas es un infierno biafrano. De ancianos cuya miseria contamina las calles. De malandros cuya recuperación física y mental reta a las más  exigentes recomendaciones médicas. Representantes de las pocas y empobrecidas étnias del país se muestran como un deplorable ejemplo de abandono y humillación.


Pero no es Caracas, es el país. ¿Qué son los grupos de exterminio de Portuguesa con fuerzas conexas en todo el país que  decidieron que ante la indiferencia jurídica se justifica -a la manera terrible de los talibanes- de ajustar una gota de sangre por otra, ambas inocentes-?.

Pero no es Caracas, es todo el país. El sentido de la propiedad privada que garantiza la Constitución Bolivariana es una inocente ficción. Basta con ver los adustos y hermosos espacios del Centro Simón Bolívar convertidos en un muestrario de podredumbre y hedores infames. Basta saber que un  policía no es un garante del orden –y conste que lo fue en la demencia represiva de Pérez Jiménez- sino un funcionario que saquea, expolia y asesina.

Si uno de aquellos observadores – entomólogos vitales que llegaron al país en los días alborales de la República- y que constataron con su precisión fotográfica los rasgos de un país, escribieron crónicas insólitas para el más desprevenido lector del mundo hoy no saldrían del asombro.

Pero ocurre una terrible paradoja. Ello está sucediendo en una Venezuela que en 1998 votó por restablecer el orden, por imponer sentido común, por rescatar el más elemental principio de respeto por la vida.  Chávez –y nadie puede dudar de su vocación popular- pensó que lo podría hacer. Se le olvidó aquella frase de despedida dramática de Antonio Guzmán Blanco cuando definió los contornos del país a semejanzas de un "cuero seco". En Maracaibo la semana pasada se produjo un paro de los ganaderos y se anuncian nuevas acciones  de esta naturaleza. Los trabajadores petroleros no entienden un esquema empresarial excluyente y  tramposo en función de los intereses de los patronos, que curiosamente es el propio Estado venezolano. Venezuela en estos días es una inmensa huelga general, un patético paro patriótico, una irresponsable juerga. Lo que decía Miranda: ”Bochinche”.

EL VUELO
DE CHAVEZ

Cada día que pasa se hace evidente la inutilidad de la gira que realiza el presidente Chávez por varios países europeos. En el contexto anterior al 11 de septiembre el viaje era pertinente y tenía plena justificación, si se toma en cuenta que el mandatario impulsa una agresiva diplomacia de aproximación con el resto de los países. Pero después de los atentados terroristas de Nueva York y Washington, se ha producido un replanteamiento de las coordenadas de la política internacional.

Era prudente entonces que el presidente Chávez cancelase su gira, o en todo caso, la acortase en el tiempo. El protagonismo internacional del mandatario y el interés que sin duda alguna despierta su proyecto bolivariano en algunas naciones se verán afectados por una situación marcada por la guerra contra Afganistán. El único sentido que tiene la ausencia del presidente Chávez –tal como sugieren algunos de sus críticos- es la búsqueda de oxígeno en el exterior ante una situación interna marcada por la conflictividad social y graves signos de quebrantamiento del clima político.

YO SOY TERRORISTA

Es un verdadero disparate la declaración del ministro de la Defensa José Vicente Rangel, en relación a que Carlos Ilich Ramírez, El Chacal, “no es terrorista en Venezuela”. La afirmación contradice la política aprobada por Venezuela en el sentido de condenar y actuar severamente contra los actos de terrorismo en cualquier parte del mundo. La práctica terrorista no se concibe como un delito común, sino como un crimen internacional que ha obligado a las naciones a tomar medidas extremas frente a los grupos que operan en el mundo mediante éstos métodos. En algún momento de la historia resultaba difícil establecer un deslinde entre las luchas revolucionarias y las desviaciones terroristas, pero con el nuevo esquema del mundo y el cese de los conflictos convencionales está claro que una cosa es la condición de revolucionario y otra la de terrorista. Por otra parte el propio Carlos Ilich Ramírez El Chacal ha asumido con entera claridad su apoyo a las recientes y abominables acciones ocurridas en Estados Unidos.

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