LA SEMANA EN TRES ACTOS
EL PARO:
CHAVEZ SE EQUIVOCO
Manuel Felipe Sierra
Chávez nunca pensó que el país se paralizaría -en los centros vitales y estratégicos de la económia- durante tres semanas; y que es posible que la acción se prolongue por un tiempo más. Ni remotamente pudo concebir que la industria petrolera pudiera convertirse en la vanguardia de una protesta única y aleccionadora en la historia del país. No cabía en sus cálculos que el llamado de la Coordinadora Democrática,Fedecámaras y la CTV se iba a traducir en una jornada de masas que desbordó todo control y que sobrepasa las directrices de las organizaciones motorizadoras de la huelga.
Lo que ha ocurrido en Venezuela es objeto de atención privilegiada en el mundo entero. No sólo en los escenarios naturales de la política hemisférica, sino también en países lejanos como Rusia, donde su presidente Vladimir Puttin hizo llamados a una solución política y consensuada. Se creyó que la OEA reactivaría la declaración del l2 de abril que solicitó respeto por la institucionalidad después de la nefasta aventura antidemocrática de Carmona.
No creyó que en plena navidad los comerciantes e industriales habrían de asumir un sacrificio en pérdidas que contradice la propia naturaleza de sus intereses. Por su mente no pasó que la Marina Mercante habría de cerrar los puertos, ni que el trasnporte pesado decretaría un dramático desabastecimiento de alimentos y bienes indispensables para la industria. No se imaginó -a pesar de su capacidad para la fabulación antihistórica- que el Tribunal Supremo de Justicia y la Fiscalía General de la República, ambos órganismos bajo un severo secuestro por el poder central, producirían decisiones contrarias al propósito de avanzar en el proyecto autoritario e inconstitucional que define el proceso bolivariano.
Todo ello ha ocurrido en tres semanas. El paro convocado por factores democráticos (la confrontación entre el gobierno y la oposición es propia de regimenes perfectamente constitucionales y no de experiencias autoritarias) no era una apuesta temeraria. Fue la resultante de tres paros anteriores en menos de un año y de una activa presencia de la población en la calle en demanda de respeto por la vigencia del Estado de Derecho. El paro que se inició el 2 de diciembre es, objetivamente, la consecuencia del estallido de la acumulación de crisis que han hecho de Venezuela un país ingobernable. Y no sólo en el orden político, como obra de una gestión excluyente y deslegitimadora del mandato que la mayoría de los venezolanos le otorgó en diciembre de 1998 al mandatario, sino de su empeño en destruir los fundamentos históricos de la Fuerza Armada Nacional, la industria petrolera y las principales instituciones nacionales.
Es la consecuencia también del acelerado deterioro de la económia real y la creación de un clima que ahuyenta la inversión y que supone una amenaza cotidiana contra el esfuerzo creador de los empresarios. De la inútil pretensión en desconocer la legitimidad de un movimiento sindical nacido de una consulta tan democrática como la que proclamó a Chávez. De un propósito incansable para someter los medios de comunicación a una visión que considera la libertad de expresión como una facultad del Estado y no como una conquista universal e irrenunciable de las sociedades modernas, y la respuesta a la definición de una política, según la cual, los grupos fanatizados que financia y organiza el gobierno convierten a los editores y periodistas en objetivos de una absurda guerra.
Por eso se explica que el paro cívico no haya podido ser aplastado con el uso de la fuerza, la actuación de la Guardia Nacional en funciones represivas, la militarización de las principales ciudades ni la aplicación por la vía de decretos confiscatorios de un Estado de Excepción que coloca al régimen al margen de la legalidad. El paro sigue hasta ahora y si tuvo viabilidad en un mes tan especial para la economía como diciembre, es previsible que continúe por un tiempo más debilitando de manera irremediable las bases de sustentación del gobierno. No es la primera ni será la última acción extrema de un pueblo para restaurar la demócracia y abrir espacios para la convivencia política civilizada.
LA NAVIDAD
GRIS
Navidad extraña y desconcertante la del 2002. La actividad comercial febril propia de la época desapareció. Las recepciones de fin de año se redujeron al máximo. Los planes de vacaciones fueron cancelados. El transporte terrestre, aereo y maritimo prácticamente no existe. Las tiendas no pudieron agotar sus ofertas. No hubo las luces que anualmente alegran parques y avenidas. Navidad hogareña, reducida a la ceremonia del niño Jesús y la cena familiar. Venezuela, pese al optimismo desbordante de cientos de miles de compatriotas que en las últimas semanas han plenado, en ejemplar actitud civica, las concentraciones y marchas de la sociedad civil han hecho un inmenso, y si se quiere, heroico sacrificio. Lo que menos se puede esperar es que esta navidad gris abra paso a un año abonado para la libertad y la esperanza.
LA CALLE
ES DE LA PM
Lo ocurrido con la intervención de la Polícia Metropolitana hace unas semanas, vulneraba claramente la Constitución Nacional y suponía un inaceptable atropello contra la legalidad. Durante varios días la población del área metropolitana estuvo sin protección y se incrementaron los ya insostenibles niveles de delincuencia. La finalidad del atropello era clara: dejar sin vigilancia a la capital de la Republica para facilitar la acción de la polícia del municipio Libertador, que no es otra cosa que una prolongación de los círculos bolivarianos y las bandas armadas que dirigen el alcalde Freddy Bernal y el ministro del Interior y Justicia Diosdado Cabello. La desición del Tribunal Supremo de Justicia devolviendo la conducción de la PM a la Alcaldia Mayor y ratificando en su condición de jefe del cuerpo al comisario Henry Vivas, es en una única lectura, otra aplantante derrota para el gobierno de Hugo Chávez.
19/12/2002
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