LA SEMANA EN TRES ACTOS
EL TRISTE FINAL
DE CHÁVEZ
Manuel Felipe Sierra
Chávez cayó antes de lo previsto. Todavía tenía campo de maniobra de haber actuado con mayor sensatez y sentido de la oportunidad. Pero en los momentos finales – como suele ocurrir con las complicaciones del organismo humano cuando se cruzan todas las patologías - fue victima de sus propios errores y torpezas. Inventó una ideología inexistente como pretexto para darle algún sentido a la palabra “revolucionaria” y para exacerbar el culto bolivariano. Sobre esas premisas pretendió construir un modelo autoritario y personalista. Un planteamiento anacrónico de esta naturaleza no guardaba sintonía alguna con las expectativas y necesidades de un país moderno.
Chávez, que había llegado al poder sobre la ola de una robusta conjunción de sectores sociales excluidos, basó su estrategia de sobrevivencia en una lucha frontal contra la ficción de los viejos partidos y se refugió en el apoyo de grupos minoritarios cuyos niveles de miseria y postergación los inducen a entender la política como un cotidiano ejercicio de violencia. Descuidó en cambio, a los factores claves de la sociedad, los cuales curiosamente como obra de su prédica de cambio, habían iniciado un proceso de modernización autocrítica. La CTV ni Fecámaras ya no son los cascarones inservibles del pasado, sino organizaciones de un interesante proceso de remozamiento y adecuación a las exigencias del siglo XXI. Chávez, despreció inexplicablemente un necesario apoyo social a cambio del precario soporte y organizaciones políticas inevitablemente contaminadas por la crisis que carcome la institución partidaria.
Chávez, magnificó su influencia y su capacidad de convocatoria. Durante tres años su relación empática con sus partidarios – sobre la base de promesas genéricas- le garantizó la vigencia del curioso y enrevesado proyecto bolivariano, pero erosionó su base real de sustentación. El mandatario apostó a contraponer pobres contra ricos, pueblo contra oligarcas, pero para su mayor desgracia sus políticas económicas y social no suponían en los hechos un mejoramiento en las condiciones de vida de estos sectores.
Su política de extravagancias y de ocurrencias grotescas - que tendría mucho que ver con su salud mental - lo llevó a desarrollar una gestión disparatada e incompresible. La definición de República Bolivariana no es más que una deplorable señal de primitivismo político. La compra de una nave saudita en momentos de penurias fiscales le hizo más daño que la recurrente rebeldía de altos militares. La conversión del Palacio de Miraflores en una universidad, no cabía sino en la dimensión del más excitante delirio. La obsesión en cubanizar áreas, precisamente donde el régimen de Castro ha fracasado, altera el sentido común. Es incompresible el empeño en distorsionar y recontar la historia de acuerdo a conveniencias personales. El desprecio por las decisiones de las instancias internacionales; su incomprensión de la importancia de los derechos humanos, en particular en la libertad de expresión, lo llevaron a perfilar y habitar en un país virtual, sobre la base de conseotudinario extravíos.
Por supuesto, con la renuncia de Chávez y el triste epílogo de la experiencia bolivariana, no se conjura la crisis. Ahora se abre un proceso en el cual el chavismo seguramente no estará ausente. Pedro Carmona Estanga y los militares que lo acompañan deberán conciliar fuerzas e intereses contrapuestos, entre ello quienes tratarán de restaurar el reinado de las oligarquías partidistas. Tampoco por la vía de los contrarios se debería volver a los consabidos estereotipos económicos en buena medida responsables de la desgracia nacional. Pero en todo caso como dice mi vecino después de tres meses de vigilia y sobresaltos en la plaza Altamira, “ahora cuando menos sale una cura de sueño”.
LA TAREA
DE CARMONA
Pedro Carmona Estanga, asume una alta responsabilidad. Es un ejecutivo de alta calificación. Ha servido por igual al sector privado como al público, además de una intensa y reconocida trayectoria gremial. Las circunstancias le han colocado como la cabeza de un gobierno de transición que cuenta con un vasto apoyo nacional. Carmona supo manejar durante los últimos tres meses unas difíciles relaciones con la CTV, los partidos políticos y la sociedad civil, para buscar cauces a la difícil crisis de gobernabilidad que terminó con la salida de Chávez.
No es fácil el interinato presidencial de Carmona. La situación es en extremo delicada. Deberá reconstruir – y para ello es indispensable un monolítico consenso – un clima político enrarecido y marcado por el odio. Carmona no sustituye a un gobierno cualquiera, ni es el beneficiario de un golpe de estado, sino el ciudadano a quien le ha tocado, no se sabe si en suerte, el gigantesco esfuerzo de reanimar los valores democráticos y preparar las bases para el retorno pleno de Venezuela al sistema de libertades, sobre bases nuevas y progresistas. El país conoce de transiciones fallidas y que han terminado por agravar las dificultades que trataban de superar. En este caso, la situación debería ser distinta. El mandatario de transición tendrá que moverse en dos planos: hacer una evaluación rigurosa de los tres años del gobierno de Chávez maculados por las denuncias de corrupción y a partir del jueves 11 por una brutal masacre ejecutada por los círculos bolivarianos contra ciudadanos inocentes que cumplían con un sagrado deber cívico.
MENTIRA Y SANGRE
La historia suele ofrecer costosas sorpresas. Chávez, justificó su proyecto bolivariano como una manera de “limpiar” a la institución castrense de su participación en la represión del “Caracazo” en 1989. Prometió que jamás un soldado bajo su mando atentaría contra un ciudadano. Hizo de ello una prédica persistente y cotidiana. La tarde del jueves 11, Chávez fue víctima de la fuerza incontrolable del destino. Mientras se jugaba su última carta en una rueda de prensa que pasará a la historia como una de las más grotescas sesiones de mentiras y sacaba del aire las señales de los canales privados, a pocos metros de distancia los círculos bolivarianos cumplían la macabra tarea de masacrar a venezolanos inocentes. Un doble delito. Chávez distrajo la atención del público para que sus pistoleros obraran con escalofriante impunidad y al mismo tiempo incumplió su compromiso de respetar la vida de sus compatriotas. Ya a esas alturas Chávez sabía que el pueblo caraqueño había desatado un río de ira por las calles y que su poder – ejercido abusiva y discrecionalmente – se derrumbaba sin remedio.
12/04/02
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