LA SEMANA EN TRES ACTOS
17/01/2002
Manuel Felipe Sierra
LA CRONICA
DEL 23 DE ENERO
La fecha estaba sepultada en la desmemoria, como solía decir José Ignacio Cabrujas. El 23 de enero es una de las jornadas más importantes en la historia venezolana del siglo XX. Marcos Pérez Jiménez había llegado al poder el 2 de diciembre de 1952, desconociendo los resultados que dos días antes habían dado una arrolladora victoria a las planchas presentadas por URD para la Asamblea Nacional Constituyente.
Pero la historia viene de más lejos. Desde su etapa de estudiante en la Academia Militar de Chorrillos, en Perú, el entonces teniente coronel acariciaba un proyecto de modernización de las fuerzas armadas latinoamericanas -en el cual coincidían el peruano Manuel Odría y el argentino Juan Domingo Perón- marcadas aún por las viejas jerarquías militares dictatoriales; pero además diseñaban un proyecto de desarrollo para sus respectivos países en lo que posteriormente se definió como una concepción "desarrollista".
Pérez Jiménez estimula el golpe de estado del 18 de octubre de 1945, junto con Rómulo Betancourt y Acción Democrática, aunque él en esa etapa no pudo ocupar el papel protagónico que aspiraba. Eso explica en buena medida la conspiración que derrocó a Rómulo Gallegos el 24 de noviembre de 1948. Sin embargo, Pérez Jiménez debió esperar cuatro años más para el asalto definitivo al poder. Mediaron dos Juntas de Gobierno, una presidida por el coronel Carlos Delgado Chalbaud y otra, a la muerte de éste, encabezada por Germán Suárez Flamerich, venido de la generación del 28.
El dictador durante su mandato de seis años fue consecuente con las líneas de su proyecto desarrollista. De allí su obsesión por las obras faraónicas y las construcciones monumentales, en su gran mayoría concentradas en Caracas. Por eso es común que los taxistas portugueses y españoles llegados a Venezuela en esos años para trabajar en el área de la construcción invoquen esa época como un esplendoroso paraíso ante el deterioro acentuado de la ciudad.
Pero la dictadura de Pérez Jiménez significó la más brutal represión que se conozca junto a los oscuros calabozos gomecistas. Los partidos políticos fueron ilegalizados. La libertad de prensa fue proscrita. No hubo el menor espacio para la disidencia ni el debate. Se abrieron campos de concentración -que como en las tétricas escenas del nazismo- consumían a los seres humanos. Sólo quien ofrecía una humillante sumisión al dictador podía tener acceso a algunos favores del poder. No obstante y como una curiosa paradoja, Pérez Jiménez, salvo sus viejos compañeros de aventuras, logró estructurar un gabinete, y en general un equipo de gobierno conformado por civiles ilustrados y académicamente respetables. Convencido de que su gobierno interpretaba las aspiraciones de la población, se propuso la reelección mediante el método del plesbicito. Y aquél gobierno que había desarrollado una ostentosa obra material fue rechazado por el pueblo (al igual que el 30 de noviembre de 1952) pese al uso y abuso de los recursos del Estado.
Allí comenzó su debacle. La Iglesia mediante una pastoral de monseñor Arias, había alertado sobre los males congénitos de las dictaduras. AD, URD y COPEI celebraron un cónclave en Nueva York para saldar diferencias y propiciar mecanismos de unidad y concertación. Un modesto reportero de Miraflores llamado Fabricio Ojeda asumió la responsabilidad de dirigir una Junta Patriótica que habría de precipitar el derrocamiento del dictador. El Partido Comunista organizaba brigadas en las fábricas y en los barrios. El 21 de noviembre de 1957 se desató la onda expansiva de la rebeldía estudiantil. Explotaron las protestas en los barrios. El primero de enero de 1958 jóvenes oficiales de la Aviación insurgieron contra el régimen en Maracay. Fue el principio del fin. Fueron veintitrés días de infatigable agitación. Asfixiado por la realidad, en la madrugada del 23 de enero, abandonado por sus acólitos y con varias maletas repletas de dólares, producto de la más espantosa corrupción, huyó tembloroso desde La Carlota hacia Santo Domingo. Es una historia más que conocida, pero siempre vale la pena repetirla para que no se olvide como en la letra del bolero. Para que ello no ocurra de nuevo, miles de venezolanos están dispuestos a salir a la calle el próximo miércoles.
LA HORA DEL
CHANTAJE
La presentación de la grabación de una conversación telefónica -admitida por ambos- entre Carlos Ortega y Carlos Andrés Pérez ha sido presentada por la bancada emeverrista como una presunta prueba de un plan desestabilizador. El acto es risible. Quien haya tenido oportunidad de oír el diálogo concluirá que no existe en él el menor indicio de una acción subversiva. Se trata de una conversación normal en los primeros días de enero entre dos personas amigas. Que CAP le sugiera a Ortega la necesidad de tratar de controlar la AN, es absolutamente legítimo. Como legítimo es que el MVR hiciera todos los esfuerzos para mantener la hegemonía del organismo. Ese es el juego democrático, y es lo que preocupa de la ridícula ocurrencia de la bancada emeverrista. El país está entrando en una escalada autoritaria del más puro estilo fascista. ¿Quién realizó la grabación? ¿Acaso la propia Constitución Bolivariana no garantiza la privacidad de las personas? ¿No revela ello que existe una "cacería telefónica" de dirigentes políticos y periodistas? ¿No estamos entrando en el atajo del chantaje como arma política?. El fascismo no es sólo crímenes y torturas, sino que tiene una fase no menos grave como la creación de un clima de intimidación y de miedo, mediante la mentira y la acción sutil pero despiadada del gobierno.
EL MAS YA NO
ES LO MISMO
El MAS celebra treinta y un años en su peor momento. No sólo ha perdido su dirigencia histórica, sino que se enfrenta a una insalvable división entre quienes definen una línea distinta al gobierno y la de quienes sostienen la conveniencia de mantener el apoyo al proyecto bolivariano. El futuro del MAS, un partido que tiene el mérito de haber contribuido de manera decisiva a la fractura del bipartidismo, es incierto y si se quiere oscuro. Tiene, eso si, una estructura dirigente -ambas tendencias- que le permitirá actuar como un factor de articulación de alianzas en un escenario político donde no se vislumbran fuerzas hegemónicas.
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