Manuel Felipe Sierra
LA GUERRA CIVIL
DEL HAMPA
¿Cuántos venezolanos mueren diariamente víctimas del hampa? Desde hace varios años el país se ha acostumbrado a la contabilidad macabra que suelen ofrecer los cuerpos policiales los fines de semana. Pero la gravedad del asunto no es sólo de índole cuantitativa. El gobierno podría demostrar un leve descenso en las estadísticas de muertes por atracos o los homicidios que nunca son esclarecidos policialmente. Ello es posible con medidas represivas y disuasivas, entre ellas la presencia de la Guardia Nacional en los lugares estratégicos del mapa delictivo de la ciudad.
Seguramente –a la larga- se verán también los resultados del Plan Bratton instrumentado por la Alcaldía Metropolitana y el sector privado para la prevención, mediante el castigo y el seguimiento a los delitos menores. Pero lo que conmueve al país (hasta el punto de que la mayoría chavista de la AN se vió tentada a proponer la declaración de un Estado de Alarma), es la naturaleza de las acciones del hampa común.
El ensañamiento, el culto a la violencia por la violencia misma, el derramamiento de sangre como un rito diabólico y cotidiano, dan las pistas de la magnitud de un problema que no puede calibrarse solamente en cifras. La delincuencia se ha horizontalizado en la sociedad venezolana. Los delitos no conocen diferencias sociales ni económicas. Se cometen en los barrios y en las más exclusivas urbanizaciones. Son afectados los sectores marginales y las capas de mayores ingresos. Se atraca y se mata en un cerro al igual que en una calle privada. Y en todos los casos con un desprecio animal por la vida humana.
Las causas del problema son más que conocidas. Desde hace cuarenta años se han anunciado e instrumentado planes antidelictivos. Pero en la medida que el país se sumerge en una crisis social que supone una creciente pérdida de valores y la degradación moral de sectores significativos de la población, las dimensiones del desbordamiento hamponil asume las características de una verdadera guerra civil, La violencia se ha instalado en la sociedad y ello tiene unas consecuencias que no se pueden medir. La figura del “linchamiento” y la organización de los “grupos de exterminio” no es, como proclaman algunos, la respuesta eficaz. Es obvio, que existe una ciudadanía acosada y perseguida por la delincuencia que apuesta a penas extremas. Pero allí no radica el problema. No es asunto de represión. La muerte por propia mano de los llamados “antisociales” agrava los alcances del drama. Aumenta el odio y la revancha social así como el ensañamiento de las prácticas delictivas.
El ejemplo cercano de Colombia debe servir como alerta. La violencia que devasta ese país no nació solamente por razones políticas. La conversión de la guerrilla ideológica en una guerrilla económica, las redes del narcotráfico y la rabia de la autodefensa, se enlazan con la violencia menor que sacude las ciudades colombianas. La “violencia estructural” del vecino se está trasladando al suelo venezolano con sus nefastas derivaciones. El tema de la delincuencia -que se ubica como la primera preocupación del venezolano- está por encima de los manejos políticos y las propuestas demagógicas.
“POBRE” MONTESINOS
El fugitivo más buscado de América Latina. El poder detrás del trono. El hombre que manejó a su antojo el gobierno de Fujimori durante diez años cayó por inocente en manos de un grupo de venezolanos, de aparente honorabilidad, apoyados por una estructura parapolicial con ramificaciones y vínculos con los cuerpos de seguridad. El propio Montesinos lo confesó. Un grupo de agentes -que llegaron a tener posiciones de mando en gobiernos anteriores- lo extorsionaron y guisaron como les dio la gana.
La telenovela Montesinos deja una lección: la inmensa corrupción y la infinita podredumbre de la institución policial en todos los niveles. ¿Es que el venezolano puede tener confianza en unos cuerpos policiales –cosa que se sabe desde hace mucho tiempo- gangrenados por la matraca y el soborno. Hasta los jefes de Interpol fueron engrasados en la orgía de dólares desatadas por el prófugo que terminó -¿quién lo iba a pensar?- en manos de un grupo de policías venezolanos que resultaron ser, cuando menos, tan delincuentes como él.
EL RELAJO DEL MVR
El tema de las elecciones sindicales –al margen de la decisión que finalmente adopte la Fuerza Bolivariana de Trabajadores- ha puesto de relieve la grave situación interna del Movimiento V República. Los enfrentamientos entre los dirigentes del sector sindical chavista llevaron a la presentación de la candidatura de la dirigente del sector sanitario, Reina Sequera, como aspirante a la presidencia de la CTV por un sector de las bases del movimiento. Nicolás Maduro, el candidato con mayor opción en caso de que se ratifique la comparencia emeverrista, aclaró que Sequera no tenía al apoyo oficial del partido y que estaba “suspendida” desde hace unos meses de su militancia. Pero este caso es sólo un ejemplo. No hay región del interior del país donde el MVR no enfrente rebeliones internas y en la mayoría de los casos severos señalamientos de corrupción de sus dirigentes. Ni en los tiempos de la finada Cruzada Cívica Nacionalista de Pérez Jiménez.
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