LA HORA
DE LA PARTICIPACION
21/07/2003
Ponencia de Manuel Felipe Sierra
Foro El Carabobeño
Si algún signo define las democracias modernas es la participación, la presencia creciente, activa y creativa de los ciudadanos. Si bien es cierto, que los partidos políticos constituyen el soporte insustituible del sistema democrático, también lo es que ellos cada vez más conviven y coexisten con expresiones sociales nacidas de manera espontánea o en correspondencia con objetivos concretos de las comunidades, los gremios y nuevas fuerzas que procuran ocupar espacios propios en la toma de decisiones del Estado.
Los partidos políticos venezolanos que nacieron a la caída de Juan Vicente Gómez fueron intentos tímidos por canalizar ideas democráticas y abrir las puertas a las organizaciones sindicales impulsadas fundamentalmente por los trabajadores petroleros, incipientes agrupaciones empresariales, y en menor medida, la población campesina que entonces conformaba la mayoría de los venezolanos.
Fue a raíz de los acontecimientos del 18 de octubre de 1945, cuando se abrió paso a la constitución de organizaciones partidistas que ya asumían un contenido ideológico moderno y a la plena participación electoral de la mujer, los obreros y los campesinos. El modelo nacido en 1958 ya estimuló un intenso debate político en el cual participaron nuevos factores. Pero se trató de una participación tutelada por un modelo construido y hegemonizado por los partidos políticos que devino, posteriormente, en una relación bipartidista que consolidó cúpulas impenetrables y consagró la marginación de su militancia y la exclusión de los ciudadanos. Ese modelo que ya presentaba síntomas de agotamiento colapsó a la mitad de los años 90 cuando surgieron opciones candidaturales que ya no eran impuestas por las estructuras partidistas y mediante la creación de una vigorosa necesidad de cambio que facilitó el proyecto constituyente de Hugo Chávez.
La propuesta constituyente pudo ser una oportunidad para abrir nuevos canales a la participación ciudadana, sin embargo, se concibió sobre bases excluyentes y en función de un proyecto personalista y de claros perfiles autocráticos. En los últimos cuatro años, lo que se denomina por comodidad semántica la sociedad civil, ha cobrado una fuerza inusitada y un creciente protagonismo. Desde los años 70 a través de las organizaciones vecinales se venía gestando lo que ahora constituye un dato insoslayable para la comprensión del complejo cuadro político venezolano.
El año 2002, estuvo marcado por las multitudinarias manifestaciones y los paros cívicos estimulados fundamentalmente por nuevas expresiones sociales y políticas que actúan no sobre la base del planteamiento político tradicional de sustituir un mandatario o promover un cambio de gobierno, sino en defensa de los valores democráticos y libertarios que forman parte de su cultura y de su vida cotidiana. Si algún hecho ignoró el proyecto chavista es que su ascenso al poder no fue determinado por el fracaso de la democracia como sistema, sino por el desmantelamiento de una manera de operar políticamente dentro de las coordenadas democráticas.
Allí radica la convulsión política que vive el país. Los venezolanos nos enfrentamos a un dilema simple: democracia o autoritarismo. Si bien hoy la protesta de la sociedad civil no se expresa en grandes marchas y paros prolongados asume formas si se quiere más eficaces que éstas. Hay una eclosión de miles de organizaciones no gubernamentales y asociaciones civiles que promueven asambleas de ciudadanos, encuentros de vecinos, foros especializados alrededor de nuevas plataformas como Gente del Petróleo, Expresión Libre, Alianza Militar por Venezuela, Mujeres por la Libertad, Ciudadanía Activa, Venezolanos del Mundo entre otras y liderazgos locales y regionales nacidos al calor de la intensa movilización cívica de los últimos meses.
Por supuesto, ello ha estimulado también la recuperación, ciertamente, lenta de los partidos políticos sometidos a una crisis a la cual no escapan los partidos que apoyan la propuesta bolivariana. Es entonces posible prever que en los próximos meses la política venezolana, incluso, de darse una confrontación electoral, estará signada por la pluralidad y la flexibilidad en las tácticas por actores diversos y en algunos casos contradictorios. La posibilidad de partidos hegemónicos o la reproducción del esquema bipartidista no parece cercana. En un piso social tan movido como el venezolano no es posible artesanalmente y menos aún por el esplendor mediático, construir fuerzas políticas que tengan la gravitación que tuvieron en el pasado.
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