QUINTO DIA
Cuenta Regresiva (24 al 31 de oct.1997)
EL CHE:
LA MIRA EN VENEZUELA
Manuel Felipe Sierra
El Che Guevara siempre tuvo a Venezuela como objetivo de su visión planetaria de La Revolución. Los testimonios son muchos y repetidos. Cuando Douglas Bravo, quien hablo con el mitico guerrillero dos veces,en La Habana enlos primeros años de La Revolución y antes de que bravo trepara a la Sierra de Coro para conformar el núcleo armado más activo e importante de las guerrillas venezolanas, que el Che (un hombre tímido, de palabra calculadora, y que poseía la transparencia de un poeta) le habló con pasión del papel de Venezuela e el esquema de La Revolución Latinoamericana. Guevara insistía en las lecciones de Bolivar y en la significación estratégica de Venezuela.
Guevara -lo recuerda destijiendo las breñas de la memoria- tenía el aura, el sino mistico de sus amigos Argimiro Gabaldo y Chema Saher. Eran más pasión y grandeza moral que destrezas y disciplinas militares. Años despúes, el Che Guevera, consideró cumplido su deber con La Revolución Cubana, y busco nuevos caminos para sus andanzas.En 1964 en Argel, a propósito de una de esas conferencias internacionales de solidaridad que suponían el soporte propagandistico del Bloque Soviético, los venezolanos Germán Lairet, Pedro Duno y Silvino Valera se toparon con el Che. Iba camino para el Congo.Les insistió en venir a Venezuela, les replantió el valor estrartégico de la guerrilla venezolana. Los tres dirigentes del PCV le oyeron y como tratando de disuadirlo de sus planes sobre Venezuela, le insistieron en el perfil nacional del liderazgo de la guerrilla que operaba en Falcon, Zulia, Yaracuy y zonas de oriente.
A mediados de 1965 el Che había regresado a Cuba, despúes de una infortunada incursión en el Congo. Un día, en compañía de Manuel Piñeiro, el legendario “barba roja”,responsable de la ayuda armada de los movimientos insurreccionales latinoamericanos (un cubano-gallego, alto , curpulento, infeliz sin un habano en los labios y una barba ahora blanca que se acaricia con el deleite de un Santa Claus) Guevara sostuvo una reunión formal con Lairet, entonces responsable militar del Partido Comunista. Lairet le retifico que su presencia en Venezuela (ya habían surgido diferencia entre los grupos guerrilleros y la dirección PCV que levantaba la tesis de la “paz democratica”) no era conveniente. Que se vería el pretexto ideal para que el Gobierno comprobase el carácter internacional del movimiento armado. El Che se despidió -ahora lo rememora Lairet- con un inocultable dejo de resignación.
En 1966, Luben Petkoff desembarcó por las costas de tucaca con un grupo de guerrilleros venezolanos y cubanos para potenciar los destacamentos de la Sierra de Coro. Según el testimonio del periodista Alberto Jodán Hernández, el Che fue invitado a venir en la experiencia. Guevara la dijo a Petkoff que había desistido de venir porque en Venezuela las cosas “estaban muy adelantadas” y que prefería partir de cero en otra latitud del continente. Guevara le dijo además que el PCV (la conversación con Lairet en La Habana)consideraba inconveniente su presencia en Venezula. No obstante, según Jordán Hernández quien era corresponsal de El Nacional en Puerto Cabello, entre la gente de la costa falconiana, con la fe de los rumores de los hombres del mar, se decía que uno de los guerrilleros que amenazaron trasnochados y famélicos frente al espejo azul de Morrocoy, era el Che Guevara. Antes de morir, ya el Che estaba inscrito en el registro de la imaginería popular.
El periodista uruguayo Carlos María Gutiérrez había entrevistado a Fidel Castro y al Che en la Sierra Maestra. Se hizo amigo de Guevara. Estuvo a su lado en las sitiaciones más criticas que siguierón en la entrada a La Habana en 1959. Gutiérrez trabó amistad con el Che más allá de las relaciones profesionales. Gutiérrez, quien vivió en Caracas y con quien compartimos cuatro años en salas de redacción, contava que Guevara, con su impenitente habano, daba vueltas en circulo en su oficina del Banco Central y repetía que otra cosa hubiera sido de América Latina si La Revolución se hubiera hecho en Venezuela. A la muerte de Che, el gobierno cubano encargo a Gutiérrez una biografia del personaje. Carlos María hizo una investigación, como sólo él, de los legendios redactores del semanario Marcha de Montevideo, sabía hacerlo. Repaso el itinerario de Guevara; auscultó en su mundo familiar y amistoso, refrescos largas conversaciones en los más diversos lugares de aquella Cuba que enervaba la sencibilidad revolucionaria del mundo entero. Despúes de tres años, Gutiérrez entregó más de 500 páginas, debidamente editadas, a un alto funcionario cubano. Carlos María murió en 1991.Para entonces no se conocía la suerte corrida por el texto. Gutiérrez expiró sin dárselo a conocer a nadie. Sin duda alguna el mejor biógrafo del Che dejó inédita su obra periodística.
Jordán Hernández, en una resiente crónica en el diario El Siglo de Maracay, comenta que hace 25 años, Fidel Castro tocándose la visera, gesto que añade solemnidad a sus frases, le dijo: ¿Sabía que el Che iba para Venezuela? Jordán revela también que Ernesto Guevara de la Serna estuvo en Caracas en representación de la democracia cristiana argentina. Fue en diciembre de 1950. Entonces tenia 22 años de edad . en Caracas fue atendido por el dirigente copeyano José Rafael Zapata Luigi, quien lo recuerda “joven, delgado, humilde, con una chaqueta maltratada, camisa sport, y un discreto maletín que constituía su equipaje”. Guevara celebro la navidad de ese años (un mes antes había sido asesinado el presidente de la Junta de Gobierno, Carlos Delgado Chalbaud) en la casa de su anfitrión caraqueño y mostraba interés de llagar hasta México. Haciendo grandes esfuerzos los jóvenes copeyanos le consiguieron un pasaje hasta Santo Domingo, desde donde habría de seguir su viaje hasta la capital azteca.
El Che volvió a Caracas en 1954. De esa visita queda un párrafo de su diario donde dibujo una visión perezbonaldiana de la ciudad, atraído por la neblina y la simetría de sus techos. En esos días, según contara hace unos años el medico José Lucio Gonzáles al periodista José Emilio Castellanos, Guevara ingresó como médico al leprocomio de Cabo Blanco, en Catia La Mar. Se le recuerda como un profesional responsable, de poco hablar, de largos silencios y lector contumaz. Solía ser el Macuto largas caminatas frente al mar, hasta que un día desapareció como por obra de un misterio. La invasión norteamericana a Guatemala y el derrocamiento del presidente Jacobo Arbenz, lo colocaron en el camino que buscaba: la lucha revolucionaria.
Después de la eclosión de los años 70, cuando su rostro (una foto magistral del cubano Korda tomada en una concentración en la Plaza de la Revolución), simbolizo la protesta revolucionaria de las juventudes del mundo, su nombre fue lentamente lapidado por el olvidado. Se desconocían, incluso los detalles precisos de su muerte. Entre el grupo de oficiales bolivarianos que le asesinaron en La Higuera estaba el teniente Gary Prado. Por muchos años se acusó a Prado de haber rematado al guerrillero vencido. Recuerdo que en mayo de 1979, en Cartagena de Indias, en la celebración de los 10 años de la firma del pacto andino, Prado, que entonces formaba parte de la Junta Militar que gobernaba Bolivia, tuvo que ser sacado de un ascensor del hotel Capilla del Mar a punto de ser asfixiado por los reporteros que le inquirían cómo había asesinado al che. Ya fuera de peligro, el Comandante Prado caminó avergonzado por el pasillo del hotel, se quito la gorra y abrió la puerta de su habitación, como si hubiera reconquistado el reino de la libertad.
La exhumación de los restos del Che y otros de sus compañeros guerrilleros enterrados en una fosa común en Vallegrande y las historias dadas a la luz pública por testigos del hecho, han realimentado el mito. El Che ya no es un guerrillero que promete la sangre y la guerra. Muertas las ideologías; en receso se supone por largo tiempo las estrategias insurrecciónales; en un planeta suya globalización supone increíbles saltos materiales y científicos pero también profundas carencias espirituales y afectivas, Guevara resurge como el emblema de una nueva religión terrenal del entre-siglo. En Vallegrande, en la Higuera o en Santa Cruz de la Sierra, donde sus huesos se confundieron con la greda rojiza de la selva, el Che es un santo. Su nombre conjura maleficios. La imploración de sus milagros prolongan la vida de mujeres y hombres. Cuando sus restos fueron llevados a cuba los bolivarianos añadieron una nueva razón para su milenaria nostalgia. Ahora en Santa Clara (cuidad donde el Che dirigió la operación militar más importante en la lucha contra Batista) el incansable guerrillero inicia el camino de la beatificación popular. Ahora que se sabe la verdadera historia de su muerte, una leyenda desborda las fronteras. El comandante Benigno (Darriel Alarcón Durán) ha contado que horas antes del minuto final encontró al Che solitario, semidesnudo, con la disnea poniendo a prueba sus pulmones y la mirada diluida en la distancia. Benigno con la ropa bañadas por la sangre del “Coco Peredo”, la dijo a Guevara que todo estaba perdido. Y fue así. Horas después el Che era cercado en su refugio de la Higuera. Herido pidió que lo mataran. En las instrucciones de los militares bolivarianos era preferible rescatar al Che con vida. Una orden atribuida a Barrientos y Obando decretó la muerte. No fue Gary Prado el ejecutor, fue un teniente de apellido Terán. Después de muerte le cortaron las manos. El fotograbo boliviano, Freddy Alborta hizo la foto para la historia. El Che sucio sobre un sucio camastro y el rostro de un Cristo después del máximo sacrificio. Se suele decir que los muertos con olor a santidad siguen viviendo con los ojos abiertos.
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