QUINTO DIA
Cuenta Regresiva (13 al 20 de jun. 1997)
LA TRAMPA
DE LA ANTIPOLITICA
Manuel Felipe Sierra
La aparición de candidatos presidenciales productos de la popularidad más que del oficio político, ha puesto en boga la tesis de la antipolítica. Como es lógico, han surgido intérpretes de este fenómeno que tratan de darle alguna sustentación conceptual. Hace unos meses en Caracas se realizó un evento internacional para reflexionar sobre el tema. Hay en América Latina, en estos momentos, varios aspirantes presidenciales que podrían catalogarse, de manera genérica, como expresiones de la antipolítica.
Es cierto que el desvanecimiento de las ideologías, combinado con la fatiga de los partidos políticos y ciertas modalidades democráticas, amén de la creciente influencia de los medios de comunicación ha fortalecido la emergencia de liderazgos que no han nacido de la fuente natural de los partidos sino de su inserción en otros espacios de la sociedad. Artistas, reinas de belleza, empresarios exitosos figuras forjadas en la actividad de la Sociedad Civil han procurado -en algunos casos con éxito fugaz- desafiar el rol que en las democracias cumplen los políticos.
El caso más emblemático –y quizá el punto de partida para la historia de la antipolítica- fue el milagro mediático de Berlusconi en Italia. Un empresario de inmensa popularidad, zar de la televisión y dueño de equipos de fútbol supo llenar el vacío dejado por los reacomodos en los partidos tradicionales, especialmente la otrora poderosa democracia cristiana. Cabalgando en el descrédito de los partidos agobiados por las denuncias de corrupción. Berlusconi fue elegido Primer Ministro. Su gestión duró pocos meses y dejo el poder como consecuencia de las mismas razones que lo habían conducido a la victoria. Superado el “efecto Berlusconi”, las fuerzas políticas italianas han recompuesto el camino hacia la estabilización del juego político que en el caso de Italia siempre ha demostrado una extraordinaria fluidez.
Para algunos comentaristas podría asimilarse a la antipolítica el caso -anterior a Berlusconi- del brasilero Collor de Mello. Ciertamente, a pesar de que Collor venía de gobernar una provincia con aparentes logros y de haberse convertido en el líder más representativo de importantes sectores económicos, no figuraban en el elenco convencional de los políticos brasileros y ganó la Presidencia de la República apoyado en una imagen de play boy y un agresivo apoyo de los medios de comunicación.
Antes de la mitad de su período en el gobierno, debió abandonar la Presidencia envuelto en un caso de corrupción, y los gobiernos de Itamar Franco y Cardoso se han empeñado en recoger los platos rotos de una gestión muy inferior a los problemas que confrontan aquel inmenso país.
Alberto Fujimori en Perú, podrí considerarse uno de los casos más puros de antipolítica. No era una figura de alto perfil, no venias con el viento de cola de la popularidad que otorgan los medios de comunicación. En su currículum destacaba la rectoría de una universidad y se vendió durante la campaña electoral como un ciudadano común queque manejaba un tractor, como símbolo de humildad y trabajo. El cuadro electoral peruano se polarizó entre la coalición que cristalizó en torno al escritor Mario vargas Llosa y el candidato del APRA para suceder a Alan García, Llosa pero sin la cantidad de votos necesarios para ser electo. Fujimori produjo un asombro nacional cuando superó al abanderado oficialista. Sin restar merito a su popularidad y a la fuerza adicional que generó su sorpresiva votación, Fujimori contó con el apoyo del APRA. Si bien el apoyo no fue explicito, en una casa del barrio miraflorino de Lima se celebraron reuniones entre Alva Castro y el propio Alan García con Fujimori, para orientar, en le medida de lo posible, por los canales internos apristas, un drenaje de votos a favor del curioso personaje para bloquear “por razones ideológicas” el triunfo de Vagas Llosa.
La primera víctima fue Alan García, quien deambula por Colombia como un prófugo que apesta, y en segundo termino el orden constitucional, quebrado por un mandatario que -ajeno a la tradición democrática y libertaria de América Latina- concibe el poder como un frío ejercicio gerencial. Sin analizar las supuestas “virtudes” del “modelo Fujimori”, lo cierto es que en Perú, un dantesco cuadro social se oculta tras un régimen cada vez más autoritario e insensible ante los derechos humanos.
Rubén Blades -sin duda el panameño más popular de esta hora- decidió postularse a la Presidencia de la República. Blades además de actor de Hollywood y emblema de la salsa, es un hombre con sensibilidad social le era en teoría favorable porque Panamá celebra sus primeras elecciones libres después de la intervención de estados Unidos para capturar a Noriega, y se había creado un reacomodo de las fuerzas políticas tradicionales. Blades hizo una intensa campaña electoral, apeló al sentimiento antiimperialista en un país que todavía se tocaban sangrantes las heridas de una agresión extrema. Se metió en las zonas más humildes, brilló en las más altas posiciones de las encuestas durante meses, peor finalmente terminó siendo triturado por el PRD torrijista y el partido del difunto Arnulfo Arias. En Argentino el cantante Palito Ortega brega por la candidatura peronista. Uno de los más populares baladistas de los años sesenta se hizo gobernador de Tucumán y su gestión tuvo acogida popular. Ahora se considera con legitimas razones para aspirar a gobernar la nación argentina. Ortega no viene de la política militante, no es un dirigente en el mejor sentido de la palabra, pero de ser candidato lo sería del peronismo, la principal fuerza política argentina y uno de los movimientos de masas más significativos en la historia latinoamericana. Una victoria de Ortega no sería atribuible a las fuerzas misteriosas de la antipolítica sino a un partido -que con el paréntesis del radical Alfonsín- ha gobernado sobradamente las etapas democráticas del país sureño.
Con ligereza se ha tratado de asimilar la victoria de Abdalá Bucaram en Ecuador, con los prodigios electorales de la antipolítica. Y no es así. Bucaram ha sido un político a tiempo completo. Su familia, incluyendo su parentesco con el presidente trágicamente muerto, Jaime Roldós, ha sido un polo de la política ecuatoriana de los últimos años. Ganó la segunda vuelta con el apoyo de partidos políticos de tradición. Lo antipolítico fue su comportamiento. Es derrocado mediante un golpe de estado “constitucional” por sus extravagancias, sus payaserías absolutamente reñidas con la seriedad y majestad que imponen las tareas del poder.
Otro caso de antipolítico pura es la nominación presidencial del ex Alcalde de Bogotá Anfana Mokas. Este llegó a la alcaldía bogotana mediante una campaña heterodoxa, efectista, de “locuras” calculadas. Hasta hace unos meses punteaba en las encuestas con amplia ventaja. Ya su nombre -pese a que sigue haciendo una campaña circense- baja en las encuestas mientras se posicionan los candidatos liberales y conservadores, Valdivieso, Serpa y Noemí Sanín.
¿ Es Irene Sáez, la alcaldesa de Chacao, un producto de la antipolítica? Lo es y no lo es. No lo es porque en dos oportunidades ha llegado a la alcaldía propuesta por Acción Democrática y COPEI. No lo es porque en buena medida su alta posición en la encuesta ha sido estimulada por un sector de COPEI. Lo es, en cuanto a su comportamiento. Su estilo liviano, cosmético, su interés en mantener su imagen de reina de belleza -que otro sentido tiene su reaparición hace unas semanas en el concurso Miss Universo- sobre la de una estadista. Irene, ahora embarcada en la construcción de su propio partido, es de todas maneras un dato ineludible de la política venezolana de los próximos meses.
La antipolítica no existe. Se han producido cambios en la comunicación entre los políticos y la sociedad, favorecidos por la “revolución mediática” y la urgencia de reformas en los sistemas democráticos. Siempre existieron candidatos que se llamaban folklóricos: brujos, toreros frustrados, actores decadentes, y apostadores irresponsables de la política. Lo que ocurre es que la vitalidad de los partidos y la naturaleza de las campañas electorales -que eran un esfuerzo más serio de persuasión política- no le permitían ir más allá de provocar la hilaridad colectiva.
La experiencia demuestra que los candidatos “antipolíticos” no han tenido mayor fortuna electoral y en los casos en que como Berlusconi y Fujimori han triunfado, el costo ha sido demasiado alto. Nunca está de más un refrán “zapatero a tus zapatos”
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