domingo, 12 de junio de 2011

UNA NOCHE DE RONDA

UNA NOCHE DE RONDA
Manuel Felipe Sierra.

Boleroterapi Marquez

Una tarde se presentó a la redacción de El Diario de Caracas Humberto Márquez. Estudiaba en la Escuela de Letras de la UCV y era un pertinaz voyeur nocturno de La República del Este. Quería saber si el bolero -como expresión social latinoamericana- tenía entidad para ser huésped frecuente en las páginas del periódico. Este género popular, ciertamente, que se había venido a menos entonces por obra de la industria discográfica (con la sola excepción de Armando Manzanero) tiene una historia acompasada con la  urbanización de América Latina.


De la habanera y la trova cubana tuvo partida de nacimiento en l883, cuando “Pepe” Sánchez compuso “Tristezas” (tristezas me dan tus quejas mujer profundo dolor que dudes de mi, no hay prueba de amor que deje entrever cuánto sufro y padezco por ti). De la canción y la serenata mexicana vistió el nuevo ropaje melódico, según el investigador Rodrigo Bazán Bonfil en 1929 cuando Juan Arvizu interpretó “Negra Consentida” de Joaquín Pardavé. A comienzos de los años cuarenta, la EMI Odeón de Argentina, contrata al arreglista Américo Belloto, músico sinfónico, para que le adaptara ritmo bailable a los boleros que por esa época recorrían el mundo manufacturados por la RCA Víctor de México y conocidos en las voces de Arvizu, José Mojica, Néstor Chaires, Ortiz Tirado y Pedro Vargas, todos ellos tutelados por los giros líricos del tenor italiano Tito Schipa.

Alberto Batet, es decir Leo Marini, solía recordar esa mañana en Radio Belgrano cuando junto a Hugo Romaní, Fernando Torres, Mario Clavel y Oswaldo Farrés ensayaron un bolero que nacido en Buenos Aires se apropiaba de cadencias tropicales. Desde entonces, el bolero se internacionalizó en un continente que abandonaba el paisaje inocente del amor ante  la ventana para instalarse en las noches trepidantes de La Habana y Ciudad de México.

Humberto se hizo cronista empedernido del bolero y de la salsa. En definitiva la nueva formula bolerística aceptaba  maridajes impunes con el tango, el son, la ranchera y otros tipos de música enraizados en la cultura latinoamericana. Por aquellos tiempos la salsa vivía su esplendor de la mano de la Fania All Star. Humberto se dedicó a entrevistar cuanto bolerista y salsero pisaba Caracas. Juntos, en un night club de moda en Las Mercedes Bobby Capó nos contó con precisión cronológica su vida de excepcional compositor y cantante. Un día, sin previo aviso Humberto se marchó. Se internó en el barrio Chorrillos de Ciudad de Panamá tras los pasos de Madame Kalalú para que descifrara en sus manos los misterios del esoterismo caribeño. En Trastalleres de Puerto Rico siguió a Daniel Santos, Ismael Rivera y Héctor Lavoe. En Nueva York, trabó amistad con Willy Colón y Rubén Blades y se extravió durante días en las calles pecaminosas del Bronx. Llegó hasta Paris para buscar a los músicos latinos que descargaban en oscuros y estrechos cafés de San Michel.

A los meses regresó con entrevistas y crónicas que plenaron un libro inconcluso con el título “Noches de Rumba”. Algunas de ellas   -las que se refieren al bolero- se incorporan a esta compilación.  Se hizo infatigable cronista de la noche en diarios de Caracas y el interior. El bolero recobró el vigor que nunca había perdido en el imaginario y la conciencia de los hombres y mujeres de estas tierras. Inventó charlas, conciertos, y se sumió en el mundo de los músicos populares, “desclasados irremediables” según Cabrera Infante.

Organizó los clubes del Ron y el Fumador, llevó el bolero a ateneos y universidades y a cuanto espacio se abriera para recordar que este genero no sólo es el grito desgarrado del despecho, sino que también puede tener, como sostiene el autor, efectos curativos y reparadores para las almas enamoradas. Bolerotarapia es la suma de anécdotas, vivencias, notas periodísticas y apuntes escritos, seguramente, sentado en una barra, bajo el ruido de las trompetas o el rumor de un piano.

El libro tiene la impronta de su autor. Son textos huracanados (como diría el poeta Valera Mora) desenfadados, a ratos dispersos y caprichosos, como la propia cultura boleristica. Humberto logra, cuando se terminan de leer estas páginas, que el lector se sienta ante una marquesina nerviosa o una dama con traje de lentejuelas y caderas retadoras, justo a la hora que el Caribe calienta su metales plebeyos.

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