lunes, 5 de marzo de 2018

ANÁLISIS

UN FENÓMENO ELECTORAL Y “EL CARACAZO”

Por estos días se recuerdan los sucesos ocurridos como consecuencia de la caída de la dictadura de Pérez Jiménez el 23 de enero de 1958, y el advenimiento de un proceso de construcción democrática que habría de ser (tomando en cuenta el pasado) difícil y riesgoso. La transición estaría en manos de una Junta de Gobierno presidida por el vicealmirante Wolfgang Larrazábal e integrada por los coroneles Carlos Luis Araque y Pedro José Quevedo, acompañados por los civiles Eugenio Mendoza y Blas Lamberti. Larrazábal, un marino de amplio prestigio se había desempeñado como agregado militar en la embajada de Estados Unidos y ocupado las direcciones del Instituto Nacional de Deportes y el Círculo Militar. Ante el resquebrajamiento de las bases de sustentación del régimen, que se expresó el primero de enero de ese año con la sublevación de la Aviación en Maracay y un sector del Ejército en Caracas, emergía como una carta apropiada para un cambio de gobierno pero que mantuviera en él la influencia decisiva de las Fuerzas Armadas. Como se sabe, una institución que a partir del 18 de octubre de 1945 habría de sufrir una importante modernización y que se asociaba estrechamente con la visión desarrollista del dictador a ser depuesto. De esta manera, el nombre de Larrazábal, además de ser el oficial de más antigua graduación de la fuerza naval y tomando en cuenta su activa presencia en los pasos previos al 23 de enero, resultaba indicado para conducir un inédito proceso hacia la construcción de la verdadera democracia; y para lo cual resultaba indispensable además el consenso nacional. Larrazábal por su carácter campechano y fácil para las relaciones humanas, habría de ser, en buena medida, el artífice de una etapa asediada por las conspiraciones militares del perezjimenismo derrocado y la presión popular de los sectores aventados del campo y que conformaban el llamado “cinturón de miseria” de la capital; además con capacidad para manejar los desencuentros naturales de los partidos políticos que venían de una experiencia traumática entres los años 45 y 52 que luego debieron afrontar los riesgos de la clandestinidad. Larrazábal emergió entonces como un gobernante de conciliación pero además logró establecer una vinculación si se quiere emocional con la población, hasta el punto que se considera como el primer “líder carismático” de la naciente experiencia. En las elecciones presidenciales del 7 de diciembre de ese año, ello quedaría en evidencia cuando fue escogido como candidato por URD (el partido de Jóvito Villalba y de la hazaña electoral del 52 contra Pérez Jiménez) y el Partido Comunista de Venezuela (PCV), entonces con una significativa fortaleza en el movimiento estudiantil y en los sectores populares caraqueños. En la consulta Larrazábal obtuvo 903 mil 479 votos frente a 1 millón 284 mil 92 votos de Rómulo Betancourt, quien ya había sido Presidente de la República y lideraba el partido Acción Democrática la principal fuerza política a lo largo del siglo XX. Pero más que los números, se destaca que los votos a su favor consagraron una amplia mayoría en Caracas y los estados centrales, dando nacimiento a lo que habría de conocerse a partir de entonces como el “fenómeno electoral”. Casualmente, mañana 5 de marzo se recuerdan los 107 años del nacimiento del marino que abrió paso por varias décadas a los gobiernos democráticos de la civilidad y la confrontación civilizada. ¿POR QUÉ “EL CARACAZO”? El 27 de febrero se recordaron 29 años de los sucesos violentos conocidos como “el Caracazo” en 1989. ¿Qué factores influyeron en los saqueos y las protestas incontrolables que comenzaron en el eje Guarenas-Guatire y posteriormente se extendieron a Caracas, y en menor medida a otras ciudades del interior, y que obligaron al toque de queda, la suspensión de garantías y el uso de la fuerza militar en las calles? Para los sectores de oposición de la época se trataba de un rechazo automático a las medidas contempladas en el llamado “paquete económico”, dado a conocer apenas el 16 de febrero por el presidente reelecto Carlos Andrés Pérez, y que sus asesores definieron como “El Gran Viraje”, y que coincidía en verdad con las indicaciones del Fondo Monetario Internacional (FMI), en el marco del llamado “Consenso de Washington” recomendado como terapia por los organismos internacionales ante la crisis provocada por la deuda externa en los países latinoamericanos. Pérez, meses después tuvo una explicación de lo ocurrido: “Al llegar al gobierno encontré no sólo las arcas vacías y el problema de la escasez de divisas para la importación sino también el desabastecimiento que había creado la política de control de precios y de control de cambio”. Con el tiempo es posible valorar que varios factores decretaron la conmoción: los hechos o la “revuelta consumista” como la califica María Sol Pérez Schael, representaban una novedosa y agresiva reacción de grupos sociales que actuaban sin responder a líneas políticas y carecían de líderes conocidos. Por eso resulta temerario suponer que estas sangrientas acciones significaban una respuesta a medidas cuyos efectos todavía no eran sentidos por la población. Sería más bien una traumática evidencia del malestar de las clases más necesitadas por su veloz empobrecimiento como obra de la devaluación sostenida de la moneda y la pérdida de su calidad de vida. Se reflejaba también la nueva composición de la marginalidad caraqueña, fortalecida por contingentes inmigratorios de naciones andinas y caribeñas, portadoras de una mayor rabia social y por último dejaba al descubierto la falta de representatividad de los liderazgos tradicionales y la ausencia de expresiones contestatarias, nuevas y consistentes. No obstante, para el chavismo la lectura hubo de simplificarse al máximo: habría sido la partida de nacimiento de un proceso revolucionario que se alimenta, entre otras características, de una interpretación ligera y generalmente caprichosa de la historia. Otra crónica de una rebelión anunciada, parafraseando lo que diría García Márquez.

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