AL COMPAS DE LOS DIAS
EN TRIPOLI
02/09/2009
Manuel Felipe Sierra
Son cuarenta años en el poder. Muammar el Gaddafi desde muy joven se hizo conspirador. En el colegio organizó la “Unión de Militares Libres”. Se cuenta que en Londres se indignó cuando contempló el obsceno derroche que miembros de la familia real hacían en casinos y tiendas de lujo. Allí juró que al monarca Idris I le quedaba poco tiempo. El primero de septiembre de 1967 (entonces tenía 27 años), acaudilló un movimiento que derribó la monarquía y abrió el camino de una revolución nacionalista inspirada en Nasser, el caudillo egipcio.
Apoyado en la riqueza petrolera y el culto dogmático del Islam, ha consolidado un régimen que ahora llega a las cuatro décadas. Ha sido un largo trecho de un “socialismo propio”, como lo califica ahora Hugo Chávez. En un comienzo, Gaddafi exportó el famoso “libro verde” una elementalísima biblia revolucionaria para el adoctrinamiento de los discípulos de la izquierda. Luego, Libia se convirtió en territorio libre para el terrorismo. Con un hábil manejo geopolítico de su potencial energético Gaddafi se hizo el “muchacho malo” de la política mundial. Gaddafi fue para el gobierno de Ronald Reagan, lo que posteriormente Sadam Hussein sería para la dinastía Bush: el enemigo número uno para la paz estadounidense.
Esta semana Trípoli se vistió de fiesta. El periodista Miguel Mora de “El País” de Madrid escribe: “El coronel Muammar el Gaddafi no ha reparado en gastos para festejar el 40 aniversario de la revolución: seis días de festejos, una inversión de cuarenta millones de dólares, desfiles militares y exhibiciones de aviones, una gran cena en una plataforma flotante, conciertos, exposiciones y un espectáculo que narra, de forma abreviada, los cinco mil años de historia del país”.
La lista de invitados no pudo ser mas interesante: Robert Mugabe (“La vergüenza de África”), Omar Al Bashir (prófugo de la justicia internacional por delitos de lesa humanidad en Sudán), Hassan Hayr (el líder de los piratas somalíes que imponen el terror en los mares del cuerno de África), Silvio Berlusconi (quien hizo una fugaz incursión nocturna), Hugo Chávez, el presidente dominicano Leonel Fernández, y no podía faltar el canciller español Miguel Ángel Moratinos. Nunca fue más propicio un escenario para que Chávez repitiera una clásica y sentida promesa: “La revolución bolivariana será perenne”.
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