AL COMPÁS DE LOS DÍAS
EL PICARO “MEL”
1/07/2009
MANUEL FELIPE SIERRA
Manuel Zelaya, “Mel” para los hondureños, cayó en su propia trampa. ¿Què tenía que buscar el rico terrateniente, industrial de la madera, representante empresarial y llevado a la presidencia por el Partido Liberal, en una alianza concebida por Fidel Castro y financiada por los petrodólares de Chávez? ¿Existía alguna afinidad ideológica? En agosto de 2008, cuando el gobierno de “Mel” se incorporó al Alba, el mandatario fue bautizado por Chávez como el “comandante vaquero” en la plaza de La Libertad de Tegucigalpa. Ese día, Daniel Ortega fue confirmado como “comandante sandinista”, Evo Morales como “comandante cocalero” y Chávez se autobautizó como “comandante llanero”. El vicepresidente cubano Carlos Lage, no recibió título porque en su país sobran los comandantes. Fue una de sus últimas apariciones estelares antes de sucumbir ante el G2 y entrar al museo fidelista.
“Mel” justificó su espectacular acrobacia por la situación económica. Desde enero de ese año, su gobierno recibía 20.000 barriles diarios de petróleo con un pago de 60 % de la factura en 90 días, y el 40% restante en un plazo de 25 años con dos de gracia, y 1% de interés. Pero la verdadera razón era otra. Con la incorporación al combo chavista recibía la “cajita feliz” del socialismo de siglo XXI: referendo, constituyente, nueva constitución y reelección indefinida. Nada de lo que ha sido la experiencia revolucionaria hasta ahora en Venezuela, Bolivia, Ecuador y Nicaragua se facilitaba en Honduras. Para Chávez poco interesaba la ideología de “Mel” sino la posibilidad de establecer una “cabeza de playa” en Centroamérica, con la vecindad de la Nicaragua de Ortega y El Salvador de Mauricio Funes.
“Mel” apostó a la reelección pero ella no era posible. Apeló a una consulta al margen de la constitución. Su afán reeleccionista le enajenó su propia fuerza electoral. Se quedó sin partido, rechazado por el Congreso, la Corte de Justicia, los militares y las iglesias. No tenía otro camino que el destierro. Acudió a los socios del Alba y éstos le dieron cobertura mediática y un sitial de héroe en una OEA convertida en cónclave de pícaros. Pensó que podía retomar el poder y amenazó con regresar. Si lo hiciera nada pasaría. Tarde entendió que se había quedado solo. Para su consuelo, “Mel” no será el último ratón que caiga en la olla.